20 de agosto de 2010

Absolutamente nada.

Voy a hablaros de Zezka. A la gente le gustaba hablar de ella como si todavía estuviese viva. Como si solo se hubiese marchado de viaje y fuese a volver a casa de un momento a otro. Pero lo único que les quedaba de Zezka era su maleta roja y su sonrisa triste. No iba a volver jamás.


Hay gente que se va a morir (y punto), y hay gente que, mucho antes de que ocurra, sabe que va a morir.
Zezka lloraba. Lloraba porque sabía que iba a morir. Arrastraba su tristeza y una maleta (roja) que parecía más pesada que ella misma por el aeropuerto de Barcelona con una mano, con la otra se secaba las lágrimas a manotazos.
Zezka no recordaba haber llorado nunca en un aeropuerto. Para ella, los aeropuertos eran lugares en los que se es feliz a pesar de haber dormido tan solo una hora o dos. Y allí estaba ella, llorando a lágrima viva.
Se sentó a esperar. Podría haberse pasado toda la vida esperando. Intentó leer, pero no podía encontrarle sentido a todas aquellas palabras que otra mano había escrito tiempo atrás.
Vació el bolso sobre su regazo. Cayeron pañuelos de papel, las llaves de un hogar al que jamás regresaría, el billete de un avión que salía en una hora y media y un bote de fármacos. Se secó las lágrimas con una mano trémula. Sí, definitivamente iba a morir. Ahora ya no le parecía tan terrible.
Zezka volvía. Después de diez años siendo una extranjera, regresaba a Bratislava, su ciudad. El avión que tenía que coger la dejaba en Viena, donde pasaría quince días, y si para entonces no había muerto todavía, un barco la transportaría por el Danubio hasta su ciudad. Le parecía raro pensar en Bratislava de ese modo. Su ciudad. Llevaba diez años sin serlo. Regresaba.
Pensar en aquello la hizo llorar de nuevo. Le dolía el vacío de su pecho. Una señora que se había sentado a su lado se apartó un poco de ella. Zezka la miró de reojo y tuvo ganas de gritarle. Quería decirle que la tristeza es una enfermedad que no se contagia entre desconocidos. Que alguien tiene que ser muy importante para ti para dejarte infectar por ella.
Un chico, probablemente un empleado del aeropuerto, se acercó a ella y, bajito, le preguntó si le ocurría algo. Zezka le miró sin verle y negó con la cabeza. Ese era su problema. No le pasaba nada. Absolutamente nada.