31 de octubre de 2010

déjame quitarte el frío de los huesos.

Hacía tanto frío que la gente que paseaba por la calle tenía la sonrisa helada en el rostro. La vi acercarse a la ventana para ver nevar. Iba descalza.
- Se te quedarán los pies fríos.
- Ya lo están -replicó, sin darse la vuelta. Posó una mano sobre el cristal y estuvo en silencio unos segundos. Luego, añadió:- Debería nevar más a menudo.
Asentí con la cabeza. Aunque me hubiese puesto a volar cometas por la habitación, ella hubiese seguido mirando por la ventana.
Llevaba puesto aquel vestido violeta sin tirantes que la hacía parecer una bailarina de ballet. Me confesó que se sentía un poco tonta vistiéndose así en invierno, pero que le gustaba sentir el frío mordisqueándole los brazos.
- No sabía que te gustase el frío -le dije yo entonces.
- A nadie le gusta pasar frío. A mi me gusta el frío, la sensación que te deja, como si nevase en mis entrañas y el frío se escapase y…
Sonrió. No sé si la entendí bien entonces, pero estaba adorable cuando parloteaba así.
La ventana se había empañado, y ella dibujó la silueta de un pájaro sobre el cristal.
- La nieve es mágica -sentenció. Se dio la vuelta y me miró.
- Ven aquí, déjame quitarte el frío de los huesos -le dije.
Se sentó en el borde de la cama y se dejó querer y abrazar.



Solía sonreír cuando creía que nadie la miraba. No es que estuviese alegre, que va, tan solo practicaba. Nunca había aprendido y ahora le hacía falta. Yo quería hacerla feliz.