El día que Zezka cumplió veintidós años, yo le regalé un reloj de bolsillo. No la felicité, era de las que odiaban los cumpleaños. Simplemente la llevé a ver el mar y se lo di. Me gustaba llevarla a ver el mar. Sus ojos se llenaban de luz y nunca estaba tan hermosa como entonces. Ese día, me miró sin comprender. Sin decir nada, abrió el cierre de la cadena de la que colgaba el reloj y, tras colocársela alrededor del cuello, lo cerró. Aquel día, no alzó los ojos para mirar el mar. Su mirada estaba perdida en el movimiento devastador de las agujas del reloj. Cada segundo que pasaba estábamos más lejos el uno del otro, y ella lo sabía.
Cuando llegamos a casa, extendí un mapa de Europa sobre la mesa. Quería llevarla a algún sitio que, al menos, la igualase en belleza, así que le dije:
- ¿Dónde te gustaría estar ahora mismo? -puse mi mano sobre la suya y la estreché.
Zezka desenfocó la mirada.
- A dos metros bajo tierra.
Unos años después (rozándonos en la distancia, cada vez más lejos), el reloj se detuvo. Cuando Zezka me lo enseñó, marcaba las dos y ocho minutos. Aquella era la hora a la que la vi por primera vez. Intentó hacerme creer que había sido una casualidad, y yo fingí creerla, pero siempre supe que había sido su mano la que había cambiado la hora. A pesar de que ya no era útil, ella seguía llevando ese reloj colgando del cuello. Y, aunque ella no me lo haya dicho, sé que lo más probable es que ahora mismo esté en el fondo del Danubio, en algún punto entre Viena y Bratislava. Esto es lo que hace Zezka para destruirse a si misma: destruir sus recuerdos y las pruebas materiales de su existencia.
Podría decirse que fui yo quien le puso una pistola entre las manos y ella la que apretó el gatillo.
Íbamos cuesta abajo y sin frenos, pero no nos importaba.
(no os olvidéis de Ann y Jack, que aparecieron ayer y pronto volverán a decir hola)