- Las sábanas huelen a perfume de mujer.
Abrí los ojos y me di la vuelta. Clara se había sentado en el borde de la cama y acariciaba el hueco en el que solía acurrucarse ella hacía tan solo unos meses. Quizás años.
- Y tú hueles a alcohol, tabaco y otros hombres -repliqué.
Llevaba un vestido de tirantes color rosado. No recordaba habérselo visto antes.
- Háblame de ella.
- ¿De quién?
- De ella. De la mujer con la que te acuestas. ¿Es más joven? ¿Más guapa? ¿O es que hay más de una? Creo que la respuesta a todas esas preguntas es sí, ¿no, cariño?
- No tienes derecho a reprocharme nada, Clara.
Ella mantuvo la mirada baja.
- ¿Puedo dormir contigo esta noche?
- ¿Qué quieres, Clara?
- No estar sola.
- Me he cruzado con Clara en la portería.
- ¿Cómo has sabido que era ella?
- Me ha mirado y ha sonreído.
- ¿Cómo que ha sonreído?
- Con tristeza. Así -y Zezka esbozó esa sonrisa ladeada que tan bien conocía. Fue entonces cuando reparé en que estaba tiritando. Tomé su mano entre las mías. Estaba helada.
- Tienes frío? -pregunté.
Ella asintió. La atraje hacia mí y la abracé.
- Esto no está bien. Nunca lo ha estado -dijo.