(Francia, 1940)
Ambos sabían que ya habían vivido, y que ahora deberían dedicarse a existir, como hace todo el mundo. Que su sueño terminaría tan pronto como cesase aquella música y se apagasen las luces.
- ¿Y ahora qué vas a hacer? -preguntó, como si la cosa no fuese con él, mientras retiraba de su rostro el maquillaje del espectáculo.
- Ni que el mundo terminase con este circo y contigo.
Él la miró a través de su reflejo en el espejo mientras se quitaba la ropa de la función y descubría sus huesos menudos. Sonrió con la palabra melancolía dibujada en los ojos. Ella se acercó al espejo y posó una mano en el cristal. Suspiró.
- Tengo un billete de tren para París. Sólo de ida.
- Eso es genial, Sylvia. Lo has conseguido. Vas a cumplir tu sueño. ¿No te hace eso feliz? Lo único malo que tiene cumplir un sueño es que tienes que buscarte uno nuevo.
- Pero qué será París sin ti...
Al fin y al cabo, sólo éramos un puñado de gente triste que intentaba hacer feliz a los demás.