6 de febrero de 2011

Yo también tenía grandes esperanzas...

Desayunamos café en la mesa de la cocina. El silencio fue roto por el repiqueteo de mi cuchara contra el vaso de cristal. Comencé a desayunar en un vaso de cristal cuando vi que ella también lo hacía. Era como si quisiese tener algo en común con aquella chica pelirroja a la que yo llamaba Charlotte. 
Hundió la cuchara en la azucarera y volcó el contenido en su vaso. Repitió la operación cinco veces. 
- ¿No te has puesto demasiado azúcar?
- El café siempre me sabe amargo.
No solía desayunar con Charlotte. Mis horarios convencionales no tenían nada que ver con los de ella, que tan pronto pasaba noches enteras sin dormir como se levantaba a las cinco de la tarde. Y sin embargo, aquel domingo de principios de año, a las diez de la mañana, allí estaba. Atípica, sin su maquillaje oscuro y con su pelo rojo despeinado. Tenía los ojos hinchados, y el aspecto de una nube después de la tormenta.
Aquel día, el café también me supo amargo a mí. Alargué la mano hacia la azucarera y, antes de que la retirase, ella me rozó la mano con la yema de sus dedos.
- Yo también tenía grandes esperanzas...
- ¿Puestas en qué?
- En la vida.