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24 de agosto de 2010

Te quiero, aunque ya estés rota.

...Ian y Amanda han pasado la noche juntos, despiertos. A las seis y media de la madrugada amanece y Amanda se duerme. Ian prefiere mirarla a ella porque amaneceres habrán muchos más, pero Amanda solo tiene una. Le acaricia la espalda y contempla el montón de huesos en el que se ha convertido. Se marcan como púas, los huesos, como un erizo. Ian la abraza.
- Me da miedo romperte.
Amanda se revuelve y sonríe en sueños.
Una hora y media más tarde, despierta. Ian la mira.
- Tengo hambre-dice él.
Y se pone en pie.
- ¿Chocolate?
- .
Ese sí es tan pequeño, tan minúsculo, que Ian cree habérselo imaginado. Le prepara el desayuno mientras ella, en ropa interior, enciende la calefacción.
Se sientan en la mesa el uno delante del otro, con las tazas entre ellos. Amanda mira a Ian mientras él da un sorbo. Después, su mirada pasa al chocolate deshecho, al que mira como si fuese veneno. Levanta la taza y, sin despegársela de los labios, bebe todo su contenido. Cuando la deja encima de la mesa, los labios le tiemblan. El líquido recorre sus entrañas tan cálido y dulce como la vida misma. Ian la mira. Coge una galleta y la hunde en el chocolate. Los ojos de Amanda se han llenado de lágrimas.
- Me doy asco -dice ella. Y se pone en pie y corre hacia el cuarto de baño.
Él la sigue. Se la encuentra arrodillada frente al inodoro, vomitando. Ian le recoge el pelo con las manos, mientras el corazón y el alma se le rompen en mil pedazos al contemplar a la única persona a la que quiere tanto como su vida destruyéndose a sí misma. Vaciándose las entrañas.
- No quiero que me lo ocultes más.
Amanda llora sobre la tapa del inodoro, con el rostro escondido.
- Te quiero -dice él-, aunque ya estés rota.

23 de enero de 2010

-

La madre de Amanda había emprendido el camino de la autodestrucción a los catorze años. Ella había optado por el tabaco, que la mató de cáncer de pulmón a los treinta y cinco. Su hija tenía nueve años entonces.
Amanda comenzó a flirtear con la muerte a los dieciseis.



Amanda contempló con lástima los surcos rojizos que se adivinaban en sus brazos. Arañazos.
Se sentía como una flor marchita: melancólica y carente de belleza. Había tratado de llorar para expulsar la tristeza de su pecho, pero las lágrimas no habían brotado en sus ojos. Los sollozos la ahogaban, pero ninguna lágrima cálida y salada había rodado por sus mejillas.
Solo podía expulsar aquel sentimiento opaco y pesado en forma de violencia. Violencia de la cual ella misma era víctima.
Era lo justo.
Amanda clavó los ojos en su reflejo.
Que asco.
Si alzaba los brazos, aparecían las costillas bajo su pecho.
Si inclinaba ligeramente los hombros hacia delante, asomaban las clavículas.
Las caderas y la columna ya eran visibles bajo su piel.
Y eso a ella le encantaba.

31 de diciembre de 2009

Christine (V)

Christine regresó a su cuarto y cerró la puerta, de nuevo, con un sonoro portazo. Se dijo a si misma que aquello de dar portazos se estaba convirtiendo en una costumbre fea que debía cambiar.
Su compañera de habitación fingía dormir. Lo supo por lo irregular de su respiración y el gesto tenso de sus manos, parcialmente ocultas bajo su almohada.
Christine comenzó a andar en círculos cada vez más estrechos por la habitación, de reducidas dimensiones, hasta terminar girando sobre si misma y riendo descontroladamente. Completamente mareada, se dejó caer sobre su cama. Continuó riendo escandalosamente, sin saber el motivo. Su compañera de habitación abrió los ojos y le dirigió una mirada de advertencia. Christine calló.
Se sentó de rodillas, de cara a la pared, para verse reflejada en el espejo que colgaba de ella. Primero arrugó la nariz, después alzó las cejas, frunció los labios y abrió mucho los ojos. Aquellos ojos redondos, desmesurados y azules que, de niña, le habían hecho ganarse el apodo de "alien".
Christine sintió compasión por aquella parte de si misma que vivía presa al otro lado del espejo, así que lo tomó con ambas manos, lo descolgó y lo ocultó debajo de la cama. Sonrió.
Se giró para contemplar de nuevo a su compañera de cuarto, pero un objeto que descansaba sobe la mesita que se alzaba entre cama y cama llamó su atención. Un libro. Marina, de Carlos Ruiz Zafón. Christine alargó el brazo y lo cogió. Lo abrió por la primera página, cruzó las piernas y leyó una dedicatoria escrita con letra inclinada:


Amanda,
siempre cuidaré de ti, ¡es mi destino!
Ian

- ¿Amanda?-preguntó Christine- ¿Ese es tu nombre?
Ella no dio señal alguna de haberla escuchado.
- Lo tomaré como un si-Christine sonrió-. Encantada de conocerte, Amanda. Yo soy Christine, aunque creo que ya te lo había dicho antes.-y después añadió:-¿E Ian? ¿Quien es él?
Silencio tras una cortina de cabellos rubios bajo la cual se crispaba una pálida mano.
- Deja que lo adivine-continuó Christine-. Él no cuidó de ti. Lo intentó, pero no le gustaban las chicas locas encerradas en manicomios.
Amanda se alzó antes de que Christine pudiese terminar la frase. Se precipitó hacia ella y la agarró del cuello con una mano, mientas acercaba el dedo índice de la otra a su rostro amenazadoramente. Ahora que Christine la tenía tan cerca, pudo comprovar que tenía la nariz y las mejillas salpicadas de pecas, aunque no destacaban demasiado, y que olía a miel. Sus ojos parecían demasiado grandes para su cara.
Christine dejó de respirar durante unos segundos. Sentía un dolor punzante en su cuello, provocado por las uñas de Amanda. Ella abrió mucho los ojos durante un momento.
Amanda la soltó de golpe, como si le hubiese dado un calambre. Retrocedió y se dejó caer en su cama, el pelo cubriéndole el rostro de nuevo. Sollozaba.
Christine se pasó una mano por el cuello, acercó a Amanda y se sentó en el borde de la cama junto a ella.
- Lo siento, yo... No tenía intención de herirte.-murmuró.
Alzó una mano y la deslizó por los cabellos de Amanda. Cuando las hermanas Aidemme eran pequeñas y discutían, Rachel le pedía perdón a Christine de esa manera. Todas las vértebras de Amanda se clavaban en el brazo de Christine, que descansaba sobre su espalda.

¡Feliz 2010!

21 de diciembre de 2009

El día que Amanda dejó de hablar.

El día que Amanda dejó de hablar era martes, y llovía. La enfermera había abierto la puerta de su habitación y le había dicho, en aquel tono falsamente jovial que Amanda repudiaba, que alguien había venido a verla. Amanda había contestado que no quería ver a nadie, y le había dado la espalda. La enfermera se había vuelto hacia su acompañante y le había dicho que si, por favor, podía volver en otra ocasión.
- Amanda, soy Ian!- gritó él.
- ¿Ian?-dijo ella. La voz le temblaba.-Oh, por favor, vete. No quiero que me veas así.
- Amanda, por favor, es importante.
- Está bien.-se resignó ella.
- Dos minutos.- le advirtió la enfermera, y se apartó para dejarle pasar.
- Amanda... Oh, Dios mío, que flaca estás.
- No es...-comenzó a decir ella, pero Ian la hizo callar colocándole el dedo índice sobre los labios. Se sentó en el borde de la cama, junto a ella.
- Dos minutos-le recordó él.- Amanda, le dije a mi madre que estabas ingresada en el hospital porque tenías neumonía, pero mi madre habló con la tuya y ella le dijo la verdad. Yo intenté hablar con ella y le dije que saldrías tan pronto como estubieses recuperada, pero no me quiso escuchar.-dijo, de corrido.-Amanda... mi madre no quiere que te vuelva a ver.
Amanda desenfocó la mirada. Trató de asimilar la idea durante unos segundos, pero como le resultaba imposible, lo dejó para más tarde.
-Ah...-se limitó a decir, muy bajito.- ¿Cómo está Victoria?
- Bien.- susurró Ian.
- Claro... Ella siempre estuvo bien.
La enfermera entró, le dijo a Ian algo a lo que Amanda no prestó atención y ambos se marcharon. Antes de que la puerta se cerrase por completo, a Amanda le pareció escuchar como él se disculpaba. Le pareció sentir la cálida mano de Ian contra su gélida mejilla durante un instante.
Amanda tardó exactamente diez segundos en reaccionar. Entonces, una lágrima solitaria se deslizó por su rostro hasta llegar a la comisura de los labios. Amanda gritó.
Ian era la única persona por la que había valido la pena luchar por salir de aquel pútrido lugar. La única persona por la qual había vivido. Ya nada tenía sentido para ella.

23 de noviembre de 2009

Christine (III)


Christine se incorporó bruscamente al despertar. Le dolía la cabeza, el brazo, y se sentía mareada. Se apartó el cabello de la cara y miró a su alrededor.
Estaba en un hospital, en una habitación cuadrada, en la cual habían dos camas. Una luz pálida y mortecina iluminaba la estancia.
Su compañera de cuarto era una chica de cabello rubio oscuro, delgadez excesiva y ojos oscuros y hundidos.
- Hola.-dijo Christine
Ella ladeó ligeramente la cabeza y la miró largamente. Después, desvió la mirada.
- Me llamo Christine.-insistió.
Esta vez, la rubia ni siquiera se molestó en mirarla y continuó con la vista fija en una mancha de humedad de la pared.
- ¿Es que no piensas contestar?
Ella la miró de reojo. Christine lo interpretó como un ''no''.
- ¡Genial!-se alegró Christine.- Entonces nos llevaremos bien.

4 de noviembre de 2009

Amanda Lee.

- ¿Y porqué la han ingresado?- dijo la muchacha, midiendo sus palabras.
- ¿Cómo has dicho que se llamaba?-preguntó la enfermera, con tono cansino.
- Amanda. Amanda Lee. Ya sabe, una chica rubia, muy alta pero delgadita...
- No recuerdo el nombre y el rostro de todos los enfermos que pululan detrás de esas puertas, querida.-forzó una sonrisa, se agachó y rebuscó en el archivador donde se guardaban las fichas de todos los pacientes de aquella unidad del hospital. Una vez hubo encontrado la que deseaba, alzó la vista de nuevo hacia ella.- Amanda Lee. Tendencia autodestructiva, anorexia nerviosa y depresión.
Cada una de aquellas palabras fue como una puñalada en el corazón de la pobre chica que aguardaba al otro lado del mostrador.
La enfermera le indicó que la siguiese y, juntas, se abrieron paso a través de un pasillo pintado de blanco que parecía interminable. Se detuvierton delante de una puerta marcada como la número 458. La enfermera llamó a la puerta y la abrió.
- Amanda.-dijo en un tono falsamente jovial.-Tienes visita.
- Si esa zorra hipócrita está aquí de nuevo, ya puedes decirle que se vaya a la mierda!-rugió la aludida.
- No, no es tu madre.-replicó- Es...
- Victoria.- susurró la chica.
- Victoria.- repitió la enfermera, en un tono de voz más elevado.
- ¿Victoria?- se extrañó Amanda. Su tono de voz se tornó estridente.
La enfermera se hizo a un lado para que la chica pudiese entrar en aquella lóbrega estáncia.
- Amanda -susurró Victoria-, oh, Amanda, ¿qué te ha ocurrido?
Tenía los ojos hundidos, rodeados de unas profundas ojeras. Su pelo había perdido aquellos destellos dorados que solía emitir con la luz del sol. Bajo su piel, de una blancura nívea, se insinuaban todos sus huesos.
- Victoria.-dijo ella. Estaba sujeta a la cama con correas.- Te parezco fea, ¿verdad? No, no es eso. Al menos, no es solo eso. ¡Te causo repugnáncia! ¡Lo sé por tu modo de mirarme! ¡Preferirías estar en el mismísimo infierno antes que seguir mirándome!
- No es cierto.-sollozó Victoria.- No es cierto, Amanda.
- ¡Me estaba hundiendo en un pozo oscuro sin fondo y tu no hiciste nada para impedirlo! Tu, como de costumbre, solo te preocupaste por tí misma.
- No es verdad.-gritó Victoria.- Joder, Amanda, ¡no es verdad!
Después de aquel chillido, ninguna de las dos volvió a hablar. Amanda tenía los ojos clabados en Victoria, como si pretendiese dañarla de un modo físico. Victoria se había cubierto el rostro con las manos para atrapar las lágrimas que rodaban por sus mejillas.
Unos minutos después, la enfermera hizo salir a Victoria de la habitación, alegando que su presecia alteraba notablemente el estado de la enferma.
Al llegar al extremo opuesto del pasillo, se detuvieron.
- ¿Va todo bien? -le preguntó.
Victoria, que tenía un nudo en la garganta, negó con la cabeza mientras trataba de ocultar sus lágrimas.
- Amanda se recuperará.-le aseguró.- Tranquila, no hay nada que el tiempo no cure.
Y Victoria se marchó del hospital con el corazón destrozado sabiendo, además, que todas las acusaciones de Amanda eran ciertas.