El 11 de noviembre de 1996 es un día soleado.
Bea hace funambulismo sobre nos zapatos con los que nunca ha aprendido a caminar. Pero ella siempre había sido una valiente. En eso no ha cambiado. Cuando abre la puerta del café, unas campanitas tintinean sobre su cabeza. Camina hasta la última mesa que tiene una ventana junto a ella y se sienta allí.
Óscar, el camarero, la mira fijamente mientras seca un vaso que hace rato que está seco. Ismael, el otro camarero, aparece al lado de Óscar tras oír sonar la alarma que le indica que su amigo se ha vuelto a quedar prendado de una chica a la que, probablemente, no le dirigirá la palabra en su vida.
- Tiene los ojos más azules que he visto en mi vida.
- ¿Quién?
- La de la mesa 36.
- ¿Los ojos más azules que habías visto en tu vida no eran los de Ángela?
- Esa llevaba lentillas y, encima, eran verdes. Vaya zorra.
- ¿Que una chica lleve lentillas de color la convierte en una zorra?
- Calla, idiota, sabes que no lo digo por eso.
Óscar sigue secando el vaso con insistencia. Tras unos segundos de silencio, pregunta:
- ¿Quién es?
- Beatriz Rodríguez. La recepcionista del loquero que de la calle de enfrente.
- No es un loquero, es una clínica. Los locos vienen, confiesan y se van. ¿Cómo lo sabes?
- No preguntes, limítate a creerte lo que te digo. Entonces, ¿hay locos sueltos por la calle?
- Mírate, tu eres uno de ellos.
Segundos de silencio. Óscar deja el vaso en la estantería y suspira.
- Está mirando hacia aquí, vamos, ve a atenderla.
- No va en serio -dice Ismael, alzando una ceja.
- ¿Qué quieres que haga?
- Que estampes la mejor de tus sonrisas en tu cara de idiota, te acerques a ella y le digas que aproveche para pedir la copa de helado más cara de la carta, que invita la casa.
Óscar suspira. Ismael le da un empujón nada disimulado que le obliga a abandonar su escondite tras la barra y le observa mientras camina hacia Beatriz.
- ¿Ya sabes lo que vas a tomar? Por ser tú y porque hoy es once de noviembre, invita la casa.
Beatriz sonríe y mira a Óscar a los ojos.
- ¿Debería entonces aprovecharme de esto y pedir la copa de helado más cara de la carta?
Y la muy zorra lo hizo. Pedir la copa de helado más cara de la carta, quiero decir. Óscar nunca sabrá si fue porque oyó su breve discusión con Ismael o si se trata de otra casualidad, como el hecho de que, cuando eran niños, sendos futuros estaban situados por encima de la estratosfera.
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5 de enero de 2011
5 de noviembre de 2010
Bea tenía las rodillas llenas de cicatrices / Oscar quería ser astronauta
Bea tenía las rodillas llenas de cicatrices. Cuando tenía ocho años solía correr a todas partes con los brazos extendidos, como una avioneta. Sí, y nos decía que de mayor quería ser piloto de avión. Corría y sonreía durante rato, hasta que se tropezaba con sus propias piernas y se caía. No lloraba, claro que no. Se hacía unas heridas en las rodillas que dolían con solo mirarlas, pero no lloraba, era valiente. Luego volvía a casa cojeando un poco, la muy exagerada. Nos anunciaba a todos que había cambiado de oficio, que ya no quería ser piloto de avión, que sería enfermera. Y se iba al lavabo, se sentaba en el suelo, empapaba un algodón con alcohol y lo presionaba contra la herida.
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Oscar quería ser astronauta. Vestirse con un traje espacial y ver la Tierra alejándose de él desde su nave. Y, cuando se sintiese solo, hablaría con las estrellas. A veces les ponía nombre y todo. A las que veía desde la ventana de su dormitorio, quiero decir. Lucía era esa que parecía un planeta porque era de color rojo, Juan era la rueda del carro… Casi todos los niños que conozco han soñado alguna vez con ser astronautas, pero Oscar se sentía solo en la Tierra, por eso se encontraba bien en el espacio.
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Bea conoce a Oscar el 11 de noviembre de 1996. Quizás es demasiado tarde. Ya no son niños y han dejado de lado sus sueños estratosféricos: Bea no es ni enfermera ni piloto de avión, sino recepcionista en una clínica psiquiátrica, y Oscar, por su parte, es el camarero de una cafetería que lleva casi un siglo en el mismo sitio. Puede que se tratase del destino, o quizás solo de estar en el sitio adecuado en el momento adecuado, casualidad, ya sabes.
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- Tiene los ojos más azules que he visto en mi vida.
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Oscar quería ser astronauta. Vestirse con un traje espacial y ver la Tierra alejándose de él desde su nave. Y, cuando se sintiese solo, hablaría con las estrellas. A veces les ponía nombre y todo. A las que veía desde la ventana de su dormitorio, quiero decir. Lucía era esa que parecía un planeta porque era de color rojo, Juan era la rueda del carro… Casi todos los niños que conozco han soñado alguna vez con ser astronautas, pero Oscar se sentía solo en la Tierra, por eso se encontraba bien en el espacio.
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Bea conoce a Oscar el 11 de noviembre de 1996. Quizás es demasiado tarde. Ya no son niños y han dejado de lado sus sueños estratosféricos: Bea no es ni enfermera ni piloto de avión, sino recepcionista en una clínica psiquiátrica, y Oscar, por su parte, es el camarero de una cafetería que lleva casi un siglo en el mismo sitio. Puede que se tratase del destino, o quizás solo de estar en el sitio adecuado en el momento adecuado, casualidad, ya sabes.
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- Tiene los ojos más azules que he visto en mi vida.
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