Cuando conocí a Mireille, coleccionaba relojes y sombreros de copa. La vi arrastrando sus huesos y un enorme reloj de bolsillo bajo la lluvia, con un sombrero que abultaba el doble que ella sobre la cabeza, entre iglesias abandonadas y mansiones victorianas. Llovía como nunca. No era lugar para una niña que parecía haberse escapado de un cuento. Yo llevaba paraguas, Mireille no. Eso fue motivo suficiente para acercarme a ella y abrazarla con una mano, cubriéndola con el paraguas con la otra. Ella, como respuesta, me puso su sombrero sobre la cabeza. Durante doce años, la quise como nadie.
Nos gustaba jugar a ser dos amantes bajo la lluvia. Como los dos niños con chubasquero y botas de agua amarillas que habíamos sido tiempo atrás. Nos consumimos entre nuestros besos y abrazos hasta que se nos quedaron fríos hasta los huesos y tuvimos que regresar a nuestra casa.
- Deberías casarte conmigo -le dije una vez allí.- Viviríamos juntos en Holanda, en una casa grande con jardín y una valla blanca. Y no nos separaríamos jamás.
Ella se puso en pie y sonrió con tristeza.
Ahora tu ausencia me duele aquí, entre las costillas. No sabes lo mucho que te echo de menos.
Mostrando entradas con la etiqueta Mireille. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mireille. Mostrar todas las entradas
8 de septiembre de 2010
1 de junio de 2010
tulipanes.
Adoraba a Mireille y a su acento francés con cada latido de mi corazón. Su sonrisa me mordía la nariz todas las mañanas y me hacía pensar en paseos bajo paraguas de colores los días de lluvia.
Una vez me contó que le encantaban los tulipanes, así que tenía pensado llevármela a Holanda este verano. Incluso había hecho las maletas: había doblado su vestido azul y había guardado mi sombrero de copa negro en nuestra maleta, la misma que nos llevamos cuando vivimos en la casa del lago. Tenía pensado quedarnos mucho más tiempo en Holanda; construir una cabaña de madera en el campo, de modo que todas las mañanas, al levantarse y acercarse a la ventana, viese un prado de tulipanes rosados. Sé que le hubiese encantado.
Pero un día de invierno, cuando la nieve comenzaba a fundirse, se le enfriaron las rodillas y dejaron de curársele las heridas. Su corazón se debilitó. Yo prefiero pensar que era demasiado pequeño para guardar todo el amor que Mireille sentía por la vida.
Una vez me contó que le encantaban los tulipanes, así que tenía pensado llevármela a Holanda este verano. Incluso había hecho las maletas: había doblado su vestido azul y había guardado mi sombrero de copa negro en nuestra maleta, la misma que nos llevamos cuando vivimos en la casa del lago. Tenía pensado quedarnos mucho más tiempo en Holanda; construir una cabaña de madera en el campo, de modo que todas las mañanas, al levantarse y acercarse a la ventana, viese un prado de tulipanes rosados. Sé que le hubiese encantado.
Pero un día de invierno, cuando la nieve comenzaba a fundirse, se le enfriaron las rodillas y dejaron de curársele las heridas. Su corazón se debilitó. Yo prefiero pensar que era demasiado pequeño para guardar todo el amor que Mireille sentía por la vida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)