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22 de enero de 2011

No quiero estar sola.

- Las sábanas huelen a perfume de mujer.
Abrí los ojos y me di la vuelta. Clara se había sentado en el borde de la cama y acariciaba el hueco en el que solía acurrucarse ella hacía tan solo unos meses. Quizás años.
- Y tú hueles a alcohol, tabaco y otros hombres -repliqué.
Llevaba un vestido de tirantes color rosado. No recordaba habérselo visto antes. 
- Háblame de ella.
- ¿De quién?
- De ella. De la mujer con la que te acuestas. ¿Es más joven? ¿Más guapa? ¿O es que hay más de una? Creo que la respuesta a todas esas preguntas es sí, ¿no, cariño?
- No tienes derecho a reprocharme nada, Clara.
Ella mantuvo la mirada baja.
- ¿Puedo dormir contigo esta noche?
- ¿Qué quieres, Clara?
- No estar sola.


- Me he cruzado con Clara en la portería.
- ¿Cómo has sabido que era ella?
- Me ha mirado y ha sonreído.
- ¿Cómo que ha sonreído?
- Con tristeza. Así -y Zezka esbozó esa sonrisa ladeada que tan bien conocía. Fue entonces cuando reparé en que estaba tiritando. Tomé su mano entre las mías. Estaba helada.
- Tienes frío? -pregunté.
Ella asintió. La atraje hacia mí y la abracé.
- Esto no está bien. Nunca lo ha estado -dijo.

27 de noviembre de 2010

Clara y yo nos queríamos por obligación / A Zezka la conocí por casualidad

Clara y yo nos queríamos por obligación. Hubo un tiempo en el que quizás fuimos felices, o al menos ella fingió serlo. Esos días se acabaron tan pronto que a veces creo que fueron un delirio mío.
Cuando la conocí, estudiaba el último año de derecho y soñaba con convertirse en una gran abogada. Yo tenía la cabeza más llena de pájaros que ella. Dejé los estudios en cuanto cumplí la mayoría de edad, es decir, en cuanto perdí la fe en hacer algo útil de ese modo. Con los codos pegados a un libro, quiero decir. De mis padres nada volví a saber, ya que
- ¡Ningún hijo mío va a dejar de estudiar para ser escritor!
Menuda tontería. Si fuese cirujano, estarían orgullosos de que su hijo hurgase en entrañas ajenas. Pero escritor. Por el amor de Dios, un libro, eso que se coloca en las estanterías del salón de casa para parecer una persona instruida y causar buena impresión, a mis padres ni les había pasado por la cabeza que alguien pudiese escribir eso. Para ellos, los libros no significaban nada.
Para mi, leer era un arte. Lo había sido desde que me tropecé con Edgar Allan Poe, cuya maravillosa literatura poblaba parte de las desdichadas estanterías de casa, que me enseñó el valor que un puñado de palabras correctamente ordenadas podían llegar a tener.

A Zezka la conocí por casualidad. Fue mi amante en el sentido más literal de la palabra. Me amaba. Aunque a veces disfrazaba sus sentimientos de desdén y me hacía creer que cualquier día se marcharía y no volvería a verla jamás. Y yo también la amaba, amaba sus huesos delgados y su piel fría, sus ojos tristes y el muro de metacrilato tras el que se ocultaba, amaba todas y cada una de sus respiraciones.
Y aunque a los ojos de Dios, Clara y yo estábamos unidos hasta que la muerte nos separe, ella también buscaba consuelo en corazones anónimos que rompían el suyo propio.
Si ahora estoy escribiendo la historia de Zeta, es porque no recuerdo su rostro. Sus ojos, oscuros y felinos, sí que los recuerdo. Pero su rostro de niña triste ha huido de mi mente y se ha hundido en un mar de recuerdos en el que no sé si voy a poder pescar.