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5 de enero de 2012

Márchate, pequeña.

- Márchate, pequeña-le susurré mientras le acariciaba el pelo.
Ella abrió los ojos, levantó la cabeza y me miró desorientada, como si no recordase quién era yo o dónde estaba. Volvió a dejarse caer sobre mi pecho y posó la mano derecha sobre él. Oí que suspiraba.
- Es lo mejor -dijo, más para sí misma que para mí.
- Sí -asentí yo.
Me gustaba poder sostenerla tan cerca de mi corazón. Era como si, de esta manera, pudiese protegerla de todo el mal que había fuera, al otro lado de la ventana en la que había empezado a nevar hacía unas horas, en el mundo real. Y realmente así era, mientras pudiese mantenerla conmigo, como si fuese mi bella durmiente en nuestro propio cuento de hadas, nadie más podría hacerle daño. Pero sabía que yo tenía el poder de dañarla más que ninguna otra persona del mundo. Por eso le pedí que se marchara. Tenía que salvarla de mí mismo. Ella lo sabía, y por ese motivo se levantó, cubrió la delgadez que había estado expuesta a mí durante demasiado tiempo con prendas oscuras y se fue.
Cuando se marchó sonreía como lo haría un payaso mientras durase su función. La vi perderse en un mar de personas grises a través de la ventana. Su sombra se marchó detrás de ella, pero su fantasma se quedó conmigo durante mucho tiempo.



Me despertó su voz diciendo algo que no entendí hasta que tuve conciencia de dónde me encontraba. “Márchate”, había dicho, “Márchate, pequeña”. Le miré a los ojos y vi que lo decía de veras. Volví a apoyarme sobre su corazón y, mientras lo escuchaba latir, traté de convencerme a mí misma de que aquello era lo que tenía que hacer.
- Es lo mejor.
- Sí -dijo él. Había una nota extraña en su voz, pero no pude descifrar si era tristeza o algo distinto.
Mientras me incorporaba lentamente no podía evitar pensar sobre qué sería peor: quedarme con él o desaparecer y no volver nunca, como si yo no hubiese sido nada más que un copo de nieve que, tras derretirse sobre la palma de una mano amiga y evaporarse su fantasma en forma de agua, su existencia bien podría tratarse de una ilusión extraída de un sueño, los recuerdos del cual resultan tan lejanos como la propia infancia.
Al ir cubriendo mi cuerpo con ropas invernales reparé en lo que me había convertido por su causa. Antaño había tenido curvas, no generosas, pero ahí estaban. En aquel momento no sólo estas habían desaparecido, si no que además mis huesos habían comenzado a abrirse camino bajo mi piel. Me había consumido.
Me marché sonriendo hipócritamente, pues así quería que me recordase. Reparándome a mi misma el daño que él me había hecho. La nieve y el frío guiarían mi camino de regreso a casa.
(hola de nuevo)

30 de abril de 2011

Se trajo el frío de París guardado en la maleta.

Se trajo el frío de París guardado en la maleta. Quizás se le había enquistado la lluvia entre sus rizos pelirrojos, aquella lluvia fina que no cae en otra ciudad del universo. Y es que ella no pintaba nada en la ciudad de los rascacielos, ella había nacido para morir en el viejo mundo.
A veces construía constelaciones con la mirada. Solía hacerlo cuando se ausentaba del presente y viajaba al pasado, cuando visitaba el París lluvioso de sus recuerdos. Se sentaba en el sofá con las piernas juntas y las manos entrelazadas sobre el regazo, la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda.  Y no te escuchaba si le hablabas, estaba a seis mil kilómetros de distancia de la persona a la que tenía delante.
Aquél otoño en Nueva York fue distinto. No fue más frío ni más cálido que otros, ni llovió más, sólo que diferente. Era el mismo tipo de lluvia que solía caer prácticamente a diario sobre Montmartre y el Sacre Coeur, sobre el Barrio Latino, Notre Dame y el Louvre.
- No voy a quedarme mucho tiempo aquí -me comentó-. No suelo durar mucho en ningún sitio.
- ¿En París tampoco?
- En París sólo estaba de paso. Me encontraste allí por casualidad.
- ¿De dónde vienes?
Se encogió de hombros.
- Lo he olvidado.
Estuvo en silencio un rato no muy largo, con la cabeza ligeramente echada hacia la izquierda. 
- Me cuesta tanto atarme a los sitios, a las personas...
De todas las casualidades que hubo en mi vida, ella fue la más bonita. Al fin y al cabo, en mis brazos siempre hubo un hueco en el que ella encajó perfectamente.

18 de abril de 2011

¿Alguien?

La princesa se deslizaba calle abajo, silenciosa, con pasos cortos y lentos. Algunas personas levantaban la cabeza del suelo para fijarse en sus cabellos rojos o en sus ojos violetas, pero pocos eran los que realmente la veían. Sin embargo, la princesa les miraba a todos. Les miraba como sólo ella lo hacía, como si pudiese ver sus almas a través de sus ojos tristes o sus cabezas gachas.
"Mira a aquella chica rubia", se decía a sí misma, "la de las botas altas, la sonrisa grande y la falda corta. Sonríe más que habla y sin embargo tiene la tristeza colgando de las pestañas. Y ese chico de gafas y la pelirroja que le abraza, ¿alguno de ellos parece dichoso? ¿Lo es la chica de los zapatos caros? ¿Y ese hombre que camina haciendo sonar las monedas de su bolsillo? ¿Alguien?"
La princesa se detuvo y dejó caer sus huesos menudos sobre un banco, junto a una mujer de cabeza cana y ojos sabios.
- No lo entiendo -dijo en voz alta la princesa-. Estas personas parecen tener todo lo que quieren y, sin embargo, no he visto a nadie que parezca feliz. ¿Qué es lo que les ocurre? ¿Qué les hace falta?
- Princesa... Vos sois joven y hermosa y, dado que no vivís con los hombres, nadie os hará daño jamás. De este modo seréis feliz incluso después de muerta. Sin embargo, estos hombres viven en contacto los unos con los otros, no tienen espacio y necesitan pisotearse mutuamente para poder seguir existiendo. Se hacen daño entre ellos como método de supervivencia.
La princesa asintió lentamente.
- No debéis preocuparos, vos podéis regresar al reino del que procedéis cuando lo deseéis. Podéis marcharos y volver a un lugar en el que la melancolía no se estanca como el agua de un pozo. De hecho, yo misma lo haría si pudiese.
- Lo entiendo -susurró la princesa.
Y se puso en pie y comenzó a caminar de nuevo calle abajo, quizás regresando allá donde pertenecía.

6 de marzo de 2011

Es imposible razonar con un hombre que tiene tan alto concepto de sí mismo.

(Barcelona, España, 1938)

- ¿Ha oído alguna vez la expresión 'dos no se pelean si uno no quiere', agente?
Javier asintió.
- Pues es mentira. Mi mujer nunca quiso pelearse conmigo. Se acurrucaba en el suelo mientras yo le gritaba. Y tampoco me creía capaz de ponerle la mano encima, y ya han visto la de contusiones que tiene su cadáver. Hasta le rompí una costilla, creo. Me gustaba oírla chillar de esa manera. Pero supongo, agente, que esto de que alguien se culpabilice de un crimen y no intente salvarse a sí mismo no es lo común, no? No es necesario que me responda, yo mismo fui miembro del cuerpo tiempo atrás, cuando todavía era joven de mente y espíritu, hasta que fui expulsado por lo poco ortodoxo de mis métodos. Créame cuando le digo que mi mujer no ha sido la primera persona a la que he arrebatado la vida. Una vez experimentas el placer y horror simultáneo de matar, ninguna otra acción te llena de ese modo. Lo que me pregunto es por qué no fui juzgado por esos crímenes y estoy siendo juzgado por este. Atenté con éxito contra la vida de unas personas, sin duda tan valiosa como la de esa mujer que una vez fue mía y que pasó a ser dominio público. ¿Qué diferencia hay entre su vida y la de un puñado de infelices a los que encasqueté una bala entre costilla y costilla? ¿Qué la hace diferente? ¿Es, quizás, que una vez la quise?
Javier asintió de nuevo. 
- Supongo que sí, amigo mío.
- Y supongo que va usted a hacerme creer que es una persona maravillosa que ha hecho daño a nadie, no? Seguro que usted nunca ha matado a nadie, verdad? No me haga reír, agente. ¿Cuántos años lleva usted en el cuerpo? ¿Veinticinco, quizás? ¿Y va a intentar hacerme creer...? Dejémoslo. Es imposible razonar con un hombre que tiene tan alto concepto de si mismo. No puede mentirme sobre esto, agente, puede que no haya matado a nadie, pero la intención se le refleja en el rostro, le delata el humo de su cigarrillo, lo breve de su parpadeo.
El acusado sonrió. Permaneció en silencio durante unos instantes, con los ojos entornados, meditando lo que iba a decir a continuación.
- Agente... ¿Va a dejar que pase Dios sabe cuántos años en la cárcel para que salga de ella convertido en la sombra de la sombra que soy ahora? Voy a brindarle la oportunidad de que vuelque sus frustraciones en mí. Máteme, agente. Siempre puede decirle a los demás que yo me abalancé sobre su arma y me disparé un tiro en la sien. Usted me haría un favor a mí y yo se lo haría a usted. No tendrá ningún cargo sobre su consciencia porque habrá matado a un hombre que deseaba morir. Tampoco le arrebataría nada de valor a ese hombre, ya que ni siquiera su propia vida le pertenece. Tan solo mataría a una persona que cree en el poder de las palabras para cambiar el mundo. Así que... ¿Qué me dice, agente? Va a...
El tiro resonó por todo el cuartel cerca de las doce de la noche.
Unas horas más tarde, las cenizas de un hombre que creía en el poder de las palabras para cambiar el mundo se disipaban sobre los tejados de la ciudad de Barcelona.

23 de febrero de 2011

Existir, como todo el mundo.

(Francia, 1940)

Aquella música que conocían tan bien se filtraba a través de las paredes de su carpa, algo retirada de la principal en la que tenía lugar la función. Llegaba amortiguada por unos gritos en un idioma que no comprendían, pero cuyo significado podían captar perfectamente: "Fuera de aquí, payasos de mierda." 
Ambos sabían que ya habían vivido, y que ahora deberían dedicarse a existir, como hace todo el mundo. Que su sueño terminaría tan pronto como cesase aquella música y se apagasen las luces. 
- ¿Y ahora qué vas a hacer? -preguntó, como si la cosa no fuese con él, mientras retiraba de su rostro el maquillaje del espectáculo. 
- Ni que el mundo terminase con este circo y contigo. 
Él la miró a través de su reflejo en el espejo mientras se quitaba la ropa de la función y descubría sus huesos menudos. Sonrió con la palabra melancolía dibujada en los ojos. Ella se acercó al espejo y posó una mano en el cristal. Suspiró.
- Tengo un billete de tren para París. Sólo de ida.
- Eso es genial, Sylvia. Lo has conseguido. Vas a cumplir tu sueño. ¿No te hace eso feliz? Lo único malo que tiene cumplir un sueño es que tienes que buscarte uno nuevo.
- Pero qué será París sin ti...
Al fin y al cabo, sólo éramos un puñado de gente triste que intentaba hacer feliz a los demás.

6 de febrero de 2011

Yo también tenía grandes esperanzas...

Desayunamos café en la mesa de la cocina. El silencio fue roto por el repiqueteo de mi cuchara contra el vaso de cristal. Comencé a desayunar en un vaso de cristal cuando vi que ella también lo hacía. Era como si quisiese tener algo en común con aquella chica pelirroja a la que yo llamaba Charlotte. 
Hundió la cuchara en la azucarera y volcó el contenido en su vaso. Repitió la operación cinco veces. 
- ¿No te has puesto demasiado azúcar?
- El café siempre me sabe amargo.
No solía desayunar con Charlotte. Mis horarios convencionales no tenían nada que ver con los de ella, que tan pronto pasaba noches enteras sin dormir como se levantaba a las cinco de la tarde. Y sin embargo, aquel domingo de principios de año, a las diez de la mañana, allí estaba. Atípica, sin su maquillaje oscuro y con su pelo rojo despeinado. Tenía los ojos hinchados, y el aspecto de una nube después de la tormenta.
Aquel día, el café también me supo amargo a mí. Alargué la mano hacia la azucarera y, antes de que la retirase, ella me rozó la mano con la yema de sus dedos.
- Yo también tenía grandes esperanzas...
- ¿Puestas en qué?
- En la vida.

27 de enero de 2011

Charlotte estuvo lloviendo durante toda la tarde.

Nunca le pregunté por qué lloraba, pero lloraba tanto y tan a menudo que a veces la veías pasearse por la casa con las botas de agua puestas, como si tuviese miedo de ahogarse en su propio llanto. No parecía una persona triste, pero lo cierto es que no era una persona muy habladora, así que con ella sólo crucé las palabras necesarias, ni una más ni una menos. Un "buenos días" cuando me la encontraba de buena mañana por el pasillo de casa con el pelo alborotado y los ojos pequeños y alguna que otra incómoda conversación sobre el tiempo cuando coincidíamos en la mesa.


Charlotte estuvo lloviendo durante toda la tarde. Supe enseguida que no era el típico llanto de domingo por la tarde. Vació tres paquetes de galletas en cuestión de horas. Eso sólo lo hacía cuando estaba muy triste, terriblemente triste.
Aquella tarde, Charlote había abierto la ventana de la cocina y en el piso se colaba un frío de aquellos que calan lento, pero que llegan hasta los huesos. Estaba sentada en el suelo, con las piernas dobladas hacia la derecha y la frente apoyada en el armario que quedaba justo delante de ella. No la oí llorar, pero podía ver como, lentamente, junto a sus rodillas huesudas, se formaba un minúsculo charco de lágrimas.
- Charlotte, yo te...
- Hacía años que nadie me llamaba así -dijo de pronto. Se giró hacia mi y sonrió. En ese momento pareció más triste que hacía unos segundos, mientras sollozaba.- Me había acostumbrado a que un puñado de rostros anónimos me llamasen 'princesa', 'guapa', o 'pelirroja'.
- Charlotte -repetí-, Charlotte, yo...-respiré hondo un par de veces-. Da igual.
Silencio. Ella volvió a darme la espalda. 
- No sé por qué lloras, pero el pasado, Charlotte, cuando es doloroso, está hecho para ser olvidado. Vivir a base de recuerdos te destruye. ¿Por qué te haces esto a ti misma? 
Charlotte se volvió lentamente hacia mi con una sonrisa descompuesta en el rostro.
- ¿Cómo quieres que olvide mi pasado si ahora forma parte de mi futuro?

18 de enero de 2011

Dolía verla sonreír así (parte I)

- Odio la lluvia.
Miré hacia la izquierda. Ni siquiera la había oído venir. Tenía los codos apoyados en la baranda de su balcón, separado del mío por una mampara de cristal translúcido. Me había sentado en una silla para ver llover con la barbilla apoyada en la baranda. No dije nada. Yo adoraba la lluvia.
- Es deprimente -añadió.
- A mi me gusta. Me parece romántica -tuve que decir. 
- ¿Romántica? -soltó una carcajada.- Creo que tenemos ideas muy diferentes de lo que es el romanticismo. 
- Yo también lo creo- repliqué. Sonó más rudo de lo que pretendía.
Permanecimos en silencio durante un par de minutos, quizás más tiempo. Ella miraba hacia delante y yo no podía evitar mirarla de reojo de vez en cuando.
- ¿Sabes por qué no quería que lloviese?
Ella se giró hacia mi.
- Porque me había prometido a mi misma que la próxima vez que lloviese, me suicidaría. 
La miré sin entender muy bien las palabras que acababa de pronunciar.
- ¿No vas a preguntarme por qué me quiero suicidar?
- Nunca te he preguntado tu nombre.
- ¿Acaso eso tiene importancia ahora? Lo pone en mi nota de suicidio.
Y sonrió. Entonces vi a una mujer rota que ocupaba el lugar de aquella niña mayor a la que yo había conocido cuando me mudé a aquél bloque de apartamentos.
- ¿Por qué?
- No tiene importancia. 
Volvió a sonreír. Hubiese preferido verla llorar que sonreír de aquella manera. Dolía.
- ¿Cuántos metros deben de haber de aquí hasta al suelo? -preguntó, mirando hacia abajo.- ¿Crees que son suficientes como para matarse?
Me miró directamente a los ojos.
- ¿Me echarías de menos?
Fue entonces cuando reaccioné. Me puse en pie y me precipité hacia el interior del piso. Marqué el número de la policía y, con el auricular pegado a la oreja, comencé a describir círculos tan anchos como el cable lo permitía alrededor del comedor, arrastrando el teléfono detrás de mi. Cuando una voz respondió al otro lado de la línea, denuncié que una vecina de mi edificio había amenazado con suicidarse lanzándose balcón abajo y di la dirección tartamudeando de tal forma que aún me sorprende que me entendiesen. Cuando colgué, respiré aliviado.
En realidad, no tenía ni idea de lo que uno debía hacer ante una situación así. Me había limitado a imitar lo que había visto en incontables ocasiones en películas. 
No era creyente, pero en ese momento recé para que la policía llegase antes de que mi vecina se lanzase al vacío y tuviese que soportar la visión de su cráneo estampado contra el pavimento.

30 de noviembre de 2010

El corazón de Laila late al ritmo de un reloj estropeado.

El corazón de Laila late al ritmo de un reloj estropeado. Pu-pum. Luego, silencio. Y luego otra vez. Pu-pum. Cadencia irregular que se la lleva cada vez más lejos. Cadencia que se ve interrumpida por la voz de una enfermera que se abre paso por encima de los lloros.
- Tratamos de mantenerla consciente hasta que llegase usted, pero estaba sufriendo y tuvimos que sedarla. Lo siento.
El tono de esas palabras es frío y lejano. Ni siquiera el hombre más iluso del universo hubiese creído en ese “lo siento”. Y eso que él siempre había sido un iluso.


Laila era de las que se enamoraban hasta en un desierto. Había hecho del amor su bandera, y amaba a todos y cada uno de los pequeños detalles de su vida: los libros que dormían en su mesita de noche todas las madrugadas, los post-it que parecían crecer en las paredes de su casa, los latidos de su agónico corazón, las fotografías de su cámara de los años cincuenta, las trenzas que se hacía cuando llovía y que le llegaban a media espalda, las películas que veía los domingos por la tarde, las pajaritas de papel a las que enseñaba a volar… 
Laila era de las que se enamoraban hasta en un desierto. Pero siempre de la misma persona. Del hombre más afortunado del mundo.
El mismo que ahora está llorando mientras le sujeta una mano helada y los latidos de su corazón se convierten en una cuenta atrás. 
Hace tiempo que los dos saben que Laila se muere. A él le hará falta toda una vida para asimilarlo. Ella no tendrá tiempo. Pero le basta con saber que él la querrá con todos y cada uno de los latidos de su corazón, hasta que este se detenga.

31 de octubre de 2010

déjame quitarte el frío de los huesos.

Hacía tanto frío que la gente que paseaba por la calle tenía la sonrisa helada en el rostro. La vi acercarse a la ventana para ver nevar. Iba descalza.
- Se te quedarán los pies fríos.
- Ya lo están -replicó, sin darse la vuelta. Posó una mano sobre el cristal y estuvo en silencio unos segundos. Luego, añadió:- Debería nevar más a menudo.
Asentí con la cabeza. Aunque me hubiese puesto a volar cometas por la habitación, ella hubiese seguido mirando por la ventana.
Llevaba puesto aquel vestido violeta sin tirantes que la hacía parecer una bailarina de ballet. Me confesó que se sentía un poco tonta vistiéndose así en invierno, pero que le gustaba sentir el frío mordisqueándole los brazos.
- No sabía que te gustase el frío -le dije yo entonces.
- A nadie le gusta pasar frío. A mi me gusta el frío, la sensación que te deja, como si nevase en mis entrañas y el frío se escapase y…
Sonrió. No sé si la entendí bien entonces, pero estaba adorable cuando parloteaba así.
La ventana se había empañado, y ella dibujó la silueta de un pájaro sobre el cristal.
- La nieve es mágica -sentenció. Se dio la vuelta y me miró.
- Ven aquí, déjame quitarte el frío de los huesos -le dije.
Se sentó en el borde de la cama y se dejó querer y abrazar.



Solía sonreír cuando creía que nadie la miraba. No es que estuviese alegre, que va, tan solo practicaba. Nunca había aprendido y ahora le hacía falta. Yo quería hacerla feliz.

28 de septiembre de 2010

Me pregunto qué será peor.

Querido tú,

Tengo muchas cosas que contarte. Comenzaré diciéndote que no sé quien eres, y tampoco tú sabes quien soy yo. Todo lo que sé de ti es que, como yo, languideces en una habitación de unos tres metros cuadrados. Necesito la compañía de alguien, la de mis propias palabras ya no me sirve. Sé que tus palabras me sanarán, y que tú me ayudarás con el dolor.
Verás, yo soy inocente. En realidad no, nadie está libre de culpa, pero no he hecho nada demasiado malo, nada tan horrible como para merecer la agonía a la que estoy siendo sometida. De todos modos, lo acepto. Sé que hay niños huérfanos en las calles porque sus madres han sido encarceladas sin motivo. Por lo tanto, mi dolor no es más que una nimiedad comparado con lo que deben sentir esas mujeres. Este es el último recuerdo que tengo del mundo exterior: un niño de unos cuatro años, con las manos y las rodillas sucias de barro, llorando mientras llama a su madre. Me pregunto qué será peor: estar encerrada en una pequeña celda, o presa en un mundo que dejó de pertenecernos tiempo atrás.
Me gustaría poderme centrar en aspectos más optimistas. Me gustaría poderme imaginar conduciendo un descapotable rojo a toda velocidad por la ruta 66 de los Estados Unidos mientras escucho a los Smiths y otros grupos que ya nadie recuerda. Pero la música ha dejado de ser sinónimo de libertad para transformarse en una prisión de barrotes de hielo. Todo lo que se crea hoy en día tiene como único propósito hacernos prisioneros de nosotros mismos.
¿Y tú? ¿Nunca has tenido un sueño? Alguna cosa que te gustaría hacer, por estúpida que parezca. Sé que ahora ya no podré coger un descapotable rojo y conducir de costa a costa. Es estúpido, sí, pero ese era mi sueño. ¿Tú no tienes algo así?
Puedes ponerme el rostro que quieras, yo te he puesto el del amor de mi vida.


Ella