Verónica traspasa el umbral de "La Papillion Noir" cuando la luz del crepúsculo ya se filtra a través de las rejas de forja que cubren los cristales tintados de colores de las ventanas. Va a sentarse en una mesa ya ocupada, situada en el fondo del café.
- Has vuelto -dice Jim, expulsando el humo de su cigarrillo al hablar.
- Te acuerdas de mi -replica ella, sujetando un cigarrillo apagado entre los labios a tiempo que busca un mechero en el fondo de su bolso.
Jim asiente con la cabeza muy lentamente.
- ¿Y tú de mi?
- Jota, i, eme, no?- dice Verónica, sin mirarle a los ojos. Enciende el cigarrillo y, al expulsar el humo, se curva en formas caprichosas hasta con encontrarse con el que exhala Jim.
- Ahá.
Jim da un sorbo a su taza de café mientras Verónica le pide el suyo al camarero.
Jim mira a Verónica durante largo rato. Ella no se inmuta y sigue fumando lentamente, exhalando humo con la misma delicadeza que si fuese poesía.
- No eres muy habladora, no?
Verónica niega con la cabeza.
- Tendría unos quince años cuando me di cuenta de que habían pocas cosas más odiosas en este mundo que hablar y no ser escuchada. Y la gente nunca escucha a los que tienen algo importante que decir. Así que opté por callarme.
- ¿Tienes algo importante que decir?
- Lo tuve.
Jim sonríe. Tiene una forma inquietante de sonreír, como si sólo él comprendiese sus motivos.
- Cuándo eras pequeña, ¿qué querías ser de mayor?
Verónica le observa a través del humo de sendos cigarrillos.
- Médico -replica ella.
- ¿Y durante tu adolescencia?
- Cuando era adolescente sabía que si llegaba a cumplir los treinta sería porque soy una cobarde.
- Y ahora, ¿a qué te dedicas?
- Soy médico.
- ¿Un médico que fuma?´
Verónica se encoge de hombros.
- Y tú, cuando eras pequeño, ¿qué querías ser de mayor?
- Quise ser piloto de avión, futbolista, piloto de fórmula uno, astronauta, policía, biólogo marino y bombero.
Verónica ríe.
- ¿Y qué haces ahora?
- Soy músico. Toco la guitarra.
- ¿Me tocarás algo algún día?
- Claro -Jim se pone de pie.- La próxima vez que nos veamos -sonríe, se inclina hacia adelante y besa la frente de Verónica.- Hasta luego, princesa!
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15 de febrero de 2011
14 de enero de 2011
No se rompe una promesa así.
A Verónica le gustaba escuchar música clásica cuando estaba triste. Si alguien hubiese entrado en el dormitorio que hasta entonces había pertenecido al matrimonio Barceló-Ruiz aquella tarde de finales de otoño, en un principio no hubiese escuchado nada más que los sollozos ahogados de Verónica. Pero cuando ella se calmaba podía escucharse, lejana, Lakmé, de Delibes.
Verónica se sentó en el borde de la cama y su pierna derecha comenzó a oscilar sin llegar a tocar el suelo. Le temblaban los labios, las manos, toda ella temblaba. Miraba fijamente hacia delante mientras las lágrimas trazaban cursos fluviales en sus mejillas. Él se acercó a Verónica y se sentó junto a ella con delicadeza. Olivia asomó la cabeza al otro lado de la puerta de la habitación.
- Papá, por qué está mamá tan triste?
Él esbozó una sonrisa y la miró.
- Olivia, cariño, vete a jugar a tu habitación.
Cuando la niña se hubo marchado, abrazó a Verónica. La piel de su cuello desprendía un suave aroma a vainilla, dulce sin resultar empalagoso. Verónica sollozó un poco y luego se apartó de él.
- No me toques.
Trató de ponerse en pie, pero tuvo que apoyarse en la pared de delante suyo porque las piernas no querían sostenerla.
- Verónica...
- ¡Cállate! - y golpeó con el puño la mesa sobre la que descansaba el equipo de música. La canción se cortó durante unos segundos y, a continuación, volvió a reproducir los quince segundos anteriores al impacto.
- No puedes amenazar con suicidarte delante de tu hija solo porque te he dicho que lo mejor sería que nos divorciásemos, lo entiendes?
- El que no lo entiendes eres tú.
- Explícamelo.
- ¡Me dijiste que querías morir mirándome a los ojos! ¡Me prometiste que pasarías conmigo todos los segundos que durase tu vida, desde la primera vez que me viste hasta tu muerte! ¡Me prometiste que envejeceríamos juntos! ¡No se rompe una promesa así! ¡Me da igual que te vayas con otras mujeres! ¡Me da igual tener que ir al psiquiatra y necesitar pastillas para dormir y para no abrirme las venas con el primer objeto punzante que se me ponga por delante! ¡Me haces falta!
Verónica se ahogaba en su propio llanto. Él evitaba su mirada. La expresión de su rostro resultaba impenetrable.
- Verónica, te estoy destruyendo. No te lo mereces. Te he querido demasiado como para soportar verte así ahora.
Verónica se sentó en el borde de la cama y su pierna derecha comenzó a oscilar sin llegar a tocar el suelo. Le temblaban los labios, las manos, toda ella temblaba. Miraba fijamente hacia delante mientras las lágrimas trazaban cursos fluviales en sus mejillas. Él se acercó a Verónica y se sentó junto a ella con delicadeza. Olivia asomó la cabeza al otro lado de la puerta de la habitación.
- Papá, por qué está mamá tan triste?
Él esbozó una sonrisa y la miró.
- Olivia, cariño, vete a jugar a tu habitación.
Cuando la niña se hubo marchado, abrazó a Verónica. La piel de su cuello desprendía un suave aroma a vainilla, dulce sin resultar empalagoso. Verónica sollozó un poco y luego se apartó de él.
- No me toques.
Trató de ponerse en pie, pero tuvo que apoyarse en la pared de delante suyo porque las piernas no querían sostenerla.
- Verónica...
- ¡Cállate! - y golpeó con el puño la mesa sobre la que descansaba el equipo de música. La canción se cortó durante unos segundos y, a continuación, volvió a reproducir los quince segundos anteriores al impacto.
- No puedes amenazar con suicidarte delante de tu hija solo porque te he dicho que lo mejor sería que nos divorciásemos, lo entiendes?
- El que no lo entiendes eres tú.
- Explícamelo.
- ¡Me dijiste que querías morir mirándome a los ojos! ¡Me prometiste que pasarías conmigo todos los segundos que durase tu vida, desde la primera vez que me viste hasta tu muerte! ¡Me prometiste que envejeceríamos juntos! ¡No se rompe una promesa así! ¡Me da igual que te vayas con otras mujeres! ¡Me da igual tener que ir al psiquiatra y necesitar pastillas para dormir y para no abrirme las venas con el primer objeto punzante que se me ponga por delante! ¡Me haces falta!
Verónica se ahogaba en su propio llanto. Él evitaba su mirada. La expresión de su rostro resultaba impenetrable.
- Verónica, te estoy destruyendo. No te lo mereces. Te he querido demasiado como para soportar verte así ahora.
21 de septiembre de 2010
Baja la mirada y sus ojos se pierden.
Un par de días más tarde, regreso a Sant Felip Neri con la esperanza de reencontrarme con Ann. Por lo visto, su horario es bastante flexible, por lo que no la encuentro allí. En el lugar en el que la vi por primera vez, está sentada a una chica que, de lejos, se parece bastante a ella. Pero al acercarme, descubro que no pueden existir dos personas más opuestas.
Verónica, me dijo que se llamaba, tiene el pelo negro y sus hermosos ojos grises murieron el día que intentó ahogarse en el mar. Sostiene un libro sobre las rodillas, un libro que no podría olvidar aunque me obligasen a ello. La mecánica del corazón. Llora, ella está llorando. Un cigarrillo al que apenas ha dado un par de caladas se consume en su mano derecha. Lleva un vestido azul oscuro y sus labios, voluptuosos y sugerentes, están pintados de rojo.
Me acerco a ella y me siento en el borde de la fuente. Respiro hondo un par de veces.
- ¿Es un libro triste?
Cierra el libro y lo sujeta misma mano en la que aguanta el cigarrillo, mientras con la otra se seca las lágrimas de las mejillas, avergonzada.
- En realidad no, pero… El final sí lo es.
Sonrío un poquito. Intento parecerme a Ann, pero creo que no lo consigo.
- Perdona que te moleste -dije, tratando de elegir bien las palabras-, ¿conoces a una chica que es cantante y tiene el pelo de color chocolate y los ojos muy grandes? Suele cantar aquí, justo donde tú estás sentada.
Ella asintió mientras alzaba un brazo trémulo para señalar un balcón que daba a la calle que llevaba el mismo nombre que la plaza, Sant Felip Neri.
- Vivo aquí. La oigo aunque tenga el balcón cerrado. No se le da mal. Creo que el otro día la vi marcharse contigo.
Da una calada al cigarrillo. Cuando lo retira de sus labios, veo la huella de pintalabios rojo que ha dejado en él. Aparto la mirada.
Entonces me doy cuenta de la diferencia que hay entre Verónica y Ann. Mientras esta última tiene poco más de veinte años, Verónica ya pasa de los treinta. Ann es todavía una niña.
Verónica abre el libro y sigue leyendo en silencio.
- Ese libro le gusta mucho-digo. Siento que he perdido a Verónica para siempre sin que me haya llegado a pertenecer nunca.
- Es la tercera vez que lo leo-dice ella, sin separar la vista del libro.
- ¿Cómo te llamas?
- Verónica -me mira por encima del libro. Sus ojos son inacabables.
- Verónica -repito yo.
Dobla el borde de la página y cierra el libro. Baja la mirada y sus ojos se pierden en la ilustración que ocupa la portada del libro.
La miro directamente a los ojos. A los párpados, sería más apropiado.
- Si quieres, me voy.
Verónica se encoge de hombros sin energía.
- Si quieres irte, vete.
Me quedo con ella. Le ofrezco mi compañía y mi corazón de niño en el cuerpo de un hombre de treinta y seis años a pesar de que tengo la certeza de que ya la he perdido para siempre.
Verónica, me dijo que se llamaba, tiene el pelo negro y sus hermosos ojos grises murieron el día que intentó ahogarse en el mar. Sostiene un libro sobre las rodillas, un libro que no podría olvidar aunque me obligasen a ello. La mecánica del corazón. Llora, ella está llorando. Un cigarrillo al que apenas ha dado un par de caladas se consume en su mano derecha. Lleva un vestido azul oscuro y sus labios, voluptuosos y sugerentes, están pintados de rojo.
Me acerco a ella y me siento en el borde de la fuente. Respiro hondo un par de veces.
- ¿Es un libro triste?
Cierra el libro y lo sujeta misma mano en la que aguanta el cigarrillo, mientras con la otra se seca las lágrimas de las mejillas, avergonzada.
- En realidad no, pero… El final sí lo es.
Sonrío un poquito. Intento parecerme a Ann, pero creo que no lo consigo.
- Perdona que te moleste -dije, tratando de elegir bien las palabras-, ¿conoces a una chica que es cantante y tiene el pelo de color chocolate y los ojos muy grandes? Suele cantar aquí, justo donde tú estás sentada.
Ella asintió mientras alzaba un brazo trémulo para señalar un balcón que daba a la calle que llevaba el mismo nombre que la plaza, Sant Felip Neri.
- Vivo aquí. La oigo aunque tenga el balcón cerrado. No se le da mal. Creo que el otro día la vi marcharse contigo.
Da una calada al cigarrillo. Cuando lo retira de sus labios, veo la huella de pintalabios rojo que ha dejado en él. Aparto la mirada.
Entonces me doy cuenta de la diferencia que hay entre Verónica y Ann. Mientras esta última tiene poco más de veinte años, Verónica ya pasa de los treinta. Ann es todavía una niña.
Verónica abre el libro y sigue leyendo en silencio.
- Ese libro le gusta mucho-digo. Siento que he perdido a Verónica para siempre sin que me haya llegado a pertenecer nunca.
- Es la tercera vez que lo leo-dice ella, sin separar la vista del libro.
- ¿Cómo te llamas?
- Verónica -me mira por encima del libro. Sus ojos son inacabables.
- Verónica -repito yo.
Dobla el borde de la página y cierra el libro. Baja la mirada y sus ojos se pierden en la ilustración que ocupa la portada del libro.
La miro directamente a los ojos. A los párpados, sería más apropiado.
- Si quieres, me voy.
Verónica se encoge de hombros sin energía.
- Si quieres irte, vete.
Me quedo con ella. Le ofrezco mi compañía y mi corazón de niño en el cuerpo de un hombre de treinta y seis años a pesar de que tengo la certeza de que ya la he perdido para siempre.
15 de julio de 2010
Entonces, volverás a verme.
Verónica le pide un café al camarero sin mirarle a los ojos. Saca un paquete de tabaco del bolso y enciende un cigarrillo. Da una calada y expulsa el humo despacio. Mira a su alrededor, evitando la mirada de todos los clientes del local. Sin darse cuenta, comienza a tararear muy bajito una canción de Johnny Cash.
La puerta se abre y hace tintinear las campanitas que cuelgan sobre ella. Entra un chico joven de esos que, por su aspecto, sabes que tiene la cabeza llena de pájaros.
Verónica le da otra calada al cigarrillo.
El chico mira a su alrededor y comienza a andar. Se detiene delante de su mesa y, tras unos segundos de silencio, dice, señalando la silla de delante de Verónica:
- ¿Está ocupada?
- No -responde ella, sin alzar la voz.
- Genial-dice él, y se sienta frente a ella.
Verónica no dice nada.
- Me llamo Jim -dice él.-Jota, i, eme.
Y ¡zas!, sonrisa.
- Yo me llamo Verónica. Supongo que no hace falta que te lo deletree.
Silencio. Verónica finge mirar a su alrededor, pero en realidad está mirando a Jim de reojo. Su pelo es rubio y tiene una sonrisa grande, de anuncio de pasta de dientes. Lleva una camisa oscura arremangada hasta los codos. Él la mira fijamente, con descaro.
- Qué quieres tomar. Te invitaré a algo, va.
Verónica le mira y se ríe.
- Debes de haber hecho algo terrible para ser tan amable con una persona a la que no conoces de nada.
- Eso es lo que haces tu? Cuando te sientes mal contigo misma, eres amable con los demás?
- Ahora ya no -dice ella, dándole una calada al cigarrillo.- Pero sí, te hace sentir mejor.
- Entonces, ¿por qué no lo haces?
Verónica suspira.
- ¿Podemos no hablar de mi?
- ¿De qué quieres hablar? ¿Del tiempo que hace hoy, de cine, de política, del camarero que no te quita los ojos de encima?
- Mira, yo…
- ¿Siempre miras a la gente del mismo modo, Verónica? ¿Cómo si estuviesen a punto de morir delante de ti?
El camarero -el que no le quita los ojos de encima a Verónica- se acerca a la mesa con una taza de café en la mano, la deja delante de ella junto con un “aquí tiene, señorita”.
Verónica se bebe el café deprisa, con la mirada baja. Deja la taza en la mesa, junto con las monedas que necesita para pagarlo y se pone en pie sin mirarle.
- Dime que volveré a verte-dice Jim.
- ¿De verdad quieres volver a ver a alguien tan vacío como yo?
Jim la mira y asiente.
- Entonces, volverás a verme.
La puerta se abre y hace tintinear las campanitas que cuelgan sobre ella. Entra un chico joven de esos que, por su aspecto, sabes que tiene la cabeza llena de pájaros.
Verónica le da otra calada al cigarrillo.
El chico mira a su alrededor y comienza a andar. Se detiene delante de su mesa y, tras unos segundos de silencio, dice, señalando la silla de delante de Verónica:
- ¿Está ocupada?
- No -responde ella, sin alzar la voz.
- Genial-dice él, y se sienta frente a ella.
Verónica no dice nada.
- Me llamo Jim -dice él.-Jota, i, eme.
Y ¡zas!, sonrisa.
- Yo me llamo Verónica. Supongo que no hace falta que te lo deletree.
Silencio. Verónica finge mirar a su alrededor, pero en realidad está mirando a Jim de reojo. Su pelo es rubio y tiene una sonrisa grande, de anuncio de pasta de dientes. Lleva una camisa oscura arremangada hasta los codos. Él la mira fijamente, con descaro.
- Qué quieres tomar. Te invitaré a algo, va.
Verónica le mira y se ríe.
- Debes de haber hecho algo terrible para ser tan amable con una persona a la que no conoces de nada.
- Eso es lo que haces tu? Cuando te sientes mal contigo misma, eres amable con los demás?
- Ahora ya no -dice ella, dándole una calada al cigarrillo.- Pero sí, te hace sentir mejor.
- Entonces, ¿por qué no lo haces?
Verónica suspira.
- ¿Podemos no hablar de mi?
- ¿De qué quieres hablar? ¿Del tiempo que hace hoy, de cine, de política, del camarero que no te quita los ojos de encima?
- Mira, yo…
- ¿Siempre miras a la gente del mismo modo, Verónica? ¿Cómo si estuviesen a punto de morir delante de ti?
El camarero -el que no le quita los ojos de encima a Verónica- se acerca a la mesa con una taza de café en la mano, la deja delante de ella junto con un “aquí tiene, señorita”.
Verónica se bebe el café deprisa, con la mirada baja. Deja la taza en la mesa, junto con las monedas que necesita para pagarlo y se pone en pie sin mirarle.
- Dime que volveré a verte-dice Jim.
- ¿De verdad quieres volver a ver a alguien tan vacío como yo?
Jim la mira y asiente.
- Entonces, volverás a verme.
8 de julio de 2010
¿Y ahora que se supone que tengo que hacer?
Verónica se cepilla la melena frente al espejo, con movimientos casi rítmicos. Deja el cepillo sobre el tocador y se maquilla los ojos y los labios cuidadosamente. Entonces se pone en pie y se viste con las ropas que previamente había sacado del armario. Algo sencillo y sobrio: una blusa y unos pantalones negros. De todos modos, ni siquiera tiene intención de salir a la calle, pero detesta la idea de pasarse el día en pijama.
Se dirige a la cocina descalza. Extiende la mano hacia el tarro en el que guarda sus maravillosas píldoras de la felicidad y se las toma acompañadas de un sorbo de agua. A Verónica le gusta la idea de tener la felicidad guardada en un tarro, pero ojalá no la necesitase.
A pesar de la insistencia de Verónica en que no fue un intento de suicidio si no un accidente, el médico le ha aumentado la dosis.
Verónica hace café y desayuna sin prisas y en silencio, sin encender la radio o la televisión. Tras fregar la taza y la cuchara que ha utilizado, se acerca a la jaula de Bowie. Bowie es su hurón, al que cuida desde hace algo más de un año. Su exmarido le dijo una vez que intentar substituir a su hija Olivia por aquel animal era ‘lo más patético que podrías haber hecho, Verónica’. Verónica cree que su exmarido es idiota por creer que ella tiene una mascota para substituir a la hija que él mismo le ha arrebatado. Saca al hurón de la jaula, se tumba en el sofá y deja que el animal se acurruque junto a ella.
‘¿Y ahora que se supone que tengo que hacer?’
Desde que ha salido del hospital, Verónica no ha vuelto a pisar la calle. Se ha encerrado en su casa y deja las horas pasar. No tiene ganas de leer, ni de ver películas, y esa pregunta no cesa de golpearle la mente. ‘Que se supone que tengo que hacer?’. Necesita con urgencia que alguien se lo diga.
De repente, Bowie levanta la cabeza y salta al suelo. Corre hacia la habitación de Verónica y se esconde debajo de la cama, detrás del cajón en el que Verónica guarda todos sus zapatos. La dueña del hurón se levanta y se acerca a él.
- ¿Dónde te crees que vas, David Bowie?
Se arrodilla en el suelo y estira la mano derecha para intentar coger al animal.
- Debería darte vergüenza hacer que me agache, con lo mayor que estoy.
Cuando Verónica roza la cola del hurón con los dedos, este vuelve a salir corriendo, esta vez hacia la puerta del balcón que, por fortuna, está cerrada. Se detiene delante de la misma, arañándola con las patas insistentemente.
- ¡Te pillé!-dice Verónica, triunfal. Coge al animal en brazos y sale al balcón. Durante unos instantes, mira fijamente la cafetería francesa que se ha instalado delante de su casa hace cosa de una semana: La Papillon Noir.
Una idea comienza a crecer en su cabeza. La respuesta a su pregunta, claro. Deja a Bowie de nuevo en su jaula, se calza y sale de casa. Quizás es buena idea. No puede evitar sonreír.
El anterior texto, también de Verónica, estaba escrito en pasado por error. Ya está en presente, como el resto de su historia (:
Se dirige a la cocina descalza. Extiende la mano hacia el tarro en el que guarda sus maravillosas píldoras de la felicidad y se las toma acompañadas de un sorbo de agua. A Verónica le gusta la idea de tener la felicidad guardada en un tarro, pero ojalá no la necesitase.
A pesar de la insistencia de Verónica en que no fue un intento de suicidio si no un accidente, el médico le ha aumentado la dosis.
Verónica hace café y desayuna sin prisas y en silencio, sin encender la radio o la televisión. Tras fregar la taza y la cuchara que ha utilizado, se acerca a la jaula de Bowie. Bowie es su hurón, al que cuida desde hace algo más de un año. Su exmarido le dijo una vez que intentar substituir a su hija Olivia por aquel animal era ‘lo más patético que podrías haber hecho, Verónica’. Verónica cree que su exmarido es idiota por creer que ella tiene una mascota para substituir a la hija que él mismo le ha arrebatado. Saca al hurón de la jaula, se tumba en el sofá y deja que el animal se acurruque junto a ella.
‘¿Y ahora que se supone que tengo que hacer?’
Desde que ha salido del hospital, Verónica no ha vuelto a pisar la calle. Se ha encerrado en su casa y deja las horas pasar. No tiene ganas de leer, ni de ver películas, y esa pregunta no cesa de golpearle la mente. ‘Que se supone que tengo que hacer?’. Necesita con urgencia que alguien se lo diga.
De repente, Bowie levanta la cabeza y salta al suelo. Corre hacia la habitación de Verónica y se esconde debajo de la cama, detrás del cajón en el que Verónica guarda todos sus zapatos. La dueña del hurón se levanta y se acerca a él.
- ¿Dónde te crees que vas, David Bowie?
Se arrodilla en el suelo y estira la mano derecha para intentar coger al animal.
- Debería darte vergüenza hacer que me agache, con lo mayor que estoy.
Cuando Verónica roza la cola del hurón con los dedos, este vuelve a salir corriendo, esta vez hacia la puerta del balcón que, por fortuna, está cerrada. Se detiene delante de la misma, arañándola con las patas insistentemente.
- ¡Te pillé!-dice Verónica, triunfal. Coge al animal en brazos y sale al balcón. Durante unos instantes, mira fijamente la cafetería francesa que se ha instalado delante de su casa hace cosa de una semana: La Papillon Noir.
Una idea comienza a crecer en su cabeza. La respuesta a su pregunta, claro. Deja a Bowie de nuevo en su jaula, se calza y sale de casa. Quizás es buena idea. No puede evitar sonreír.
El anterior texto, también de Verónica, estaba escrito en pasado por error. Ya está en presente, como el resto de su historia (:
28 de junio de 2010
Respira, Verónica.
Verónica abre los ojos e inmediatamente se da cuenta de donde está: en el mismísimo infierno. Su infierno. El hospital en el que ha trabajado durante cerca de siete años. El lugar donde ha salvado tantas vidas y no ha sido capaz de salvarse a si misma.
Mira a su alrededor. Todo es blanco y está demasiado limpio y ordenado. Nunca le ha gustado eso. Distingue su vestido rojo doblado sobre una silla, junto con los zapatos que llevaba cuando saltó.
Le duelen todas y cada una de sus respiraciones. Verónica ya está pensando en intentarlo de nuevo. Pero no repetirá errores. No volverá a saltar. Esta vez, piensa el algo más discreto.
“Podría abrirme las venas en la bañera. Si, desangrarme hasta morir. O algo menos escandaloso… Unas cuantas pastillitas para dormir y a soñar con los angelitos.”
Un par de años atrás, Verónica se hubiese escandalizado al oír sus propios pensamientos. Verónica no siempre ha sido así, claro que no. Pero la vida comenzó a quitarle todo lo que le había dado de forma tan brusca que aún no se ha recuperado. Todo de golpe. Ni siquiera las magníficas píldoras de la felicidad la habían ayudado. Por eso había decidido saltar. Si tú estuvieses en su lugar, seguro que la comprenderías.
Una cortina la separa del otro paciente. Oye voces que hablaban bajito. En realidad, mientras no la molestasen, lo que hagan la trae sin cuidado.
La puerta se abre y entra una enfermera. Primero atiende al otro enfermo que ocupa la habitación. Después se asoma a su lado de la habitación y clava la vista en ella.
- ¡Doctora Ruiz!-exclama la enfermera.
Verónica alza la mirada.
- Hola Carla -dice, bajito. Aquella mujer algo más joven que ella, rubia y vital había trabajado con ella durante un tiempo.- Llámame Verónica, quieres? Llevo casi cinco meses sin ser la doctora Ruiz.
Y sonrie levemente para suavizar el tono hostil de sus palabras.
Carla, la enfermera se sienta en la silla destinada a los familiares que se encuentran de visita. Los de Verónica nunca llegarán.
- ¿Cómo he llegado hasta aquí? -pregunta Verónica.
- Por lo que sé, un hombre te vio caer y llamó a una ambulancia. Cuando llegó, esa misma persona te había sacado del agua e intentaba reanimarte. Les costó impedir que te fueses, sabes? Lo consiguieron cuando ya estabas en el hospital, te dimos puntos en la herida de la rodilla y te quedaste dormida. ¿Qué te pasó, Verónica? Dime que no es lo que todos creemos, por favor.
- No intenté suicidarme, Carla. Esa hubiese sido la opción fácil. Y las cosas fáciles no me gustan. Simplemente tenía ganas de ver el amanecer cerca del mar, me acerqué al muelle, me senté y, como no había desayunado, me mareé y me caí.
Verónica cree que esa es una buena mentira a la que aferrarse. Incluso suena convincente.
- Antes has dicho algo de una herida en la rodilla-le recuerda Verónica, tratando de borrar la incredulidad de su semblante.
- Ah, si. No sabemos si te la hiciste con el borde del muelle al caerte o si te la hicieron al sacarte. El caso es que no es gran cosa. En fin, me marcho a hablar con el doctor. Creo que mañana por la tarde ya te podremos dar el alta.
Carla se pone en pie y se aproxima a la puerta. Antes de marcharse, se da la vuelta, la mira con una leve sonrisa en los labios y dice:
- Respira, Verónica.
Mira a su alrededor. Todo es blanco y está demasiado limpio y ordenado. Nunca le ha gustado eso. Distingue su vestido rojo doblado sobre una silla, junto con los zapatos que llevaba cuando saltó.
Le duelen todas y cada una de sus respiraciones. Verónica ya está pensando en intentarlo de nuevo. Pero no repetirá errores. No volverá a saltar. Esta vez, piensa el algo más discreto.
“Podría abrirme las venas en la bañera. Si, desangrarme hasta morir. O algo menos escandaloso… Unas cuantas pastillitas para dormir y a soñar con los angelitos.”
Un par de años atrás, Verónica se hubiese escandalizado al oír sus propios pensamientos. Verónica no siempre ha sido así, claro que no. Pero la vida comenzó a quitarle todo lo que le había dado de forma tan brusca que aún no se ha recuperado. Todo de golpe. Ni siquiera las magníficas píldoras de la felicidad la habían ayudado. Por eso había decidido saltar. Si tú estuvieses en su lugar, seguro que la comprenderías.
Una cortina la separa del otro paciente. Oye voces que hablaban bajito. En realidad, mientras no la molestasen, lo que hagan la trae sin cuidado.
La puerta se abre y entra una enfermera. Primero atiende al otro enfermo que ocupa la habitación. Después se asoma a su lado de la habitación y clava la vista en ella.
- ¡Doctora Ruiz!-exclama la enfermera.
Verónica alza la mirada.
- Hola Carla -dice, bajito. Aquella mujer algo más joven que ella, rubia y vital había trabajado con ella durante un tiempo.- Llámame Verónica, quieres? Llevo casi cinco meses sin ser la doctora Ruiz.
Y sonrie levemente para suavizar el tono hostil de sus palabras.
Carla, la enfermera se sienta en la silla destinada a los familiares que se encuentran de visita. Los de Verónica nunca llegarán.
- ¿Cómo he llegado hasta aquí? -pregunta Verónica.
- Por lo que sé, un hombre te vio caer y llamó a una ambulancia. Cuando llegó, esa misma persona te había sacado del agua e intentaba reanimarte. Les costó impedir que te fueses, sabes? Lo consiguieron cuando ya estabas en el hospital, te dimos puntos en la herida de la rodilla y te quedaste dormida. ¿Qué te pasó, Verónica? Dime que no es lo que todos creemos, por favor.
- No intenté suicidarme, Carla. Esa hubiese sido la opción fácil. Y las cosas fáciles no me gustan. Simplemente tenía ganas de ver el amanecer cerca del mar, me acerqué al muelle, me senté y, como no había desayunado, me mareé y me caí.
Verónica cree que esa es una buena mentira a la que aferrarse. Incluso suena convincente.
- Antes has dicho algo de una herida en la rodilla-le recuerda Verónica, tratando de borrar la incredulidad de su semblante.
- Ah, si. No sabemos si te la hiciste con el borde del muelle al caerte o si te la hicieron al sacarte. El caso es que no es gran cosa. En fin, me marcho a hablar con el doctor. Creo que mañana por la tarde ya te podremos dar el alta.
Carla se pone en pie y se aproxima a la puerta. Antes de marcharse, se da la vuelta, la mira con una leve sonrisa en los labios y dice:
- Respira, Verónica.
10 de mayo de 2010
gaviotas y píldoras de la felicidad.
Es lunes treinta y uno. Primer día de la semana, pero último del mes. Suena el despertador y Verónica se levanta como si de una autómata se tratase. Se dirige directamente a la cocina, como todos los días. Vierte un poco de agua en un vaso y extiende la mano hacia su Prozac, sus píldoras de la felicidad. Verónica tiene que medicarse para ser feliz, y aún así no lo consigue. Su hija, la cual está durmiendo profundamente en casa de su bastardo exmarido, había dibujado sonrisas en el envoltorio de sus medicinas. Antes, ese detalle bastaba para arrancarle una débil y agónica sonrisa todas las mañanas, pero ahora no es suficiente. Nada es suficiente. Verónica no puede ser feliz.
Entra en el cuarto de baño y se lava la cara con agua fría. La realidad la saluda cruelmente. Verónica se siente más decidida que nunca.
Se dirige a su dormitorio, abre la ventana y las cortinas vuelan como espectros de una noche de invierno. Se despoja del pijama y se pasea desnuda por su cuarto, en busca de algo que ponerse. Abre el armario. Su vista se clava en un vestido rojo que no usa desde que era una adolescente. Quizás aún le sirva.
Se sube el vestido por los pies, lo acomoda en sus caderas e introduce los brazos en el interior de las mangas. Las costuras se le clavan levemente en los costados, pero Verónica se niega a quitárselo. Se peina la melena frente al espejo y se maquilla sus enormes ojos grises. No se preocupa por su inminente llanto. Verónica es de las que se inundan por dentro.
Se pone en pie, se calza y sale de su piso. Podría dirigirse directamente al muelle, pero antes prefiere pasearse por la ciudad que la han visto crecer. Deambula por las estrechas calles que todavía duermen mientras el sol se alza sobre el horizonte. Cuando se da cuenta, ha llegado a la calle en la que se encuentra el parque en el que ha pasado gran parte de la primera década de su vida. Se sienta sobre el columpio y se mece suavemente, acariciando con la suela de los zapatos las piedras que cubren el suelo.
Contempla el amanecer de un lunes con las muñecas enredadas en la cadena del columpio. Cuando el sol ya se ha alzado sobre ella, se pone en pie, se llena los bolsillos del vestido de piedras y se marcha.
Desfila por las calles anunciándoles lo inminente. Camina durante cerca de un cuarto de hora, siempre hacia la misma dirección: el muelle. No tiene prisa; total, unos minutos más no le harán daño a nadie más que a ella.
Al llegar, se descalza y se sienta en el borde, con las piernas desnudas colgando sobre el mar. Las gaviotas vuelan sobre su cabeza y Verónica las envidia. Volar tiene que ser una forma genial de escapar de la realidad.
Y entonces, sin previo aviso, salta. Escapa de la realidad para siempre. O, al menos, eso es lo que cree Verónica.
Entra en el cuarto de baño y se lava la cara con agua fría. La realidad la saluda cruelmente. Verónica se siente más decidida que nunca.
Se dirige a su dormitorio, abre la ventana y las cortinas vuelan como espectros de una noche de invierno. Se despoja del pijama y se pasea desnuda por su cuarto, en busca de algo que ponerse. Abre el armario. Su vista se clava en un vestido rojo que no usa desde que era una adolescente. Quizás aún le sirva.
Se sube el vestido por los pies, lo acomoda en sus caderas e introduce los brazos en el interior de las mangas. Las costuras se le clavan levemente en los costados, pero Verónica se niega a quitárselo. Se peina la melena frente al espejo y se maquilla sus enormes ojos grises. No se preocupa por su inminente llanto. Verónica es de las que se inundan por dentro.
Se pone en pie, se calza y sale de su piso. Podría dirigirse directamente al muelle, pero antes prefiere pasearse por la ciudad que la han visto crecer. Deambula por las estrechas calles que todavía duermen mientras el sol se alza sobre el horizonte. Cuando se da cuenta, ha llegado a la calle en la que se encuentra el parque en el que ha pasado gran parte de la primera década de su vida. Se sienta sobre el columpio y se mece suavemente, acariciando con la suela de los zapatos las piedras que cubren el suelo.
Contempla el amanecer de un lunes con las muñecas enredadas en la cadena del columpio. Cuando el sol ya se ha alzado sobre ella, se pone en pie, se llena los bolsillos del vestido de piedras y se marcha.
Desfila por las calles anunciándoles lo inminente. Camina durante cerca de un cuarto de hora, siempre hacia la misma dirección: el muelle. No tiene prisa; total, unos minutos más no le harán daño a nadie más que a ella.
Al llegar, se descalza y se sienta en el borde, con las piernas desnudas colgando sobre el mar. Las gaviotas vuelan sobre su cabeza y Verónica las envidia. Volar tiene que ser una forma genial de escapar de la realidad.
Y entonces, sin previo aviso, salta. Escapa de la realidad para siempre. O, al menos, eso es lo que cree Verónica.
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