Verónica traspasa el umbral de "La Papillion Noir" cuando la luz del crepúsculo ya se filtra a través de las rejas de forja que cubren los cristales tintados de colores de las ventanas. Va a sentarse en una mesa ya ocupada, situada en el fondo del café.
- Has vuelto -dice Jim, expulsando el humo de su cigarrillo al hablar.
- Te acuerdas de mi -replica ella, sujetando un cigarrillo apagado entre los labios a tiempo que busca un mechero en el fondo de su bolso.
Jim asiente con la cabeza muy lentamente.
- ¿Y tú de mi?
- Jota, i, eme, no?- dice Verónica, sin mirarle a los ojos. Enciende el cigarrillo y, al expulsar el humo, se curva en formas caprichosas hasta con encontrarse con el que exhala Jim.
- Ahá.
Jim da un sorbo a su taza de café mientras Verónica le pide el suyo al camarero.
Jim mira a Verónica durante largo rato. Ella no se inmuta y sigue fumando lentamente, exhalando humo con la misma delicadeza que si fuese poesía.
- No eres muy habladora, no?
Verónica niega con la cabeza.
- Tendría unos quince años cuando me di cuenta de que habían pocas cosas más odiosas en este mundo que hablar y no ser escuchada. Y la gente nunca escucha a los que tienen algo importante que decir. Así que opté por callarme.
- ¿Tienes algo importante que decir?
- Lo tuve.
Jim sonríe. Tiene una forma inquietante de sonreír, como si sólo él comprendiese sus motivos.
- Cuándo eras pequeña, ¿qué querías ser de mayor?
Verónica le observa a través del humo de sendos cigarrillos.
- Médico -replica ella.
- ¿Y durante tu adolescencia?
- Cuando era adolescente sabía que si llegaba a cumplir los treinta sería porque soy una cobarde.
- Y ahora, ¿a qué te dedicas?
- Soy médico.
- ¿Un médico que fuma?´
Verónica se encoge de hombros.
- Y tú, cuando eras pequeño, ¿qué querías ser de mayor?
- Quise ser piloto de avión, futbolista, piloto de fórmula uno, astronauta, policía, biólogo marino y bombero.
Verónica ríe.
- ¿Y qué haces ahora?
- Soy músico. Toco la guitarra.
- ¿Me tocarás algo algún día?
- Claro -Jim se pone de pie.- La próxima vez que nos veamos -sonríe, se inclina hacia adelante y besa la frente de Verónica.- Hasta luego, princesa!
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15 de febrero de 2011
2 de agosto de 2010
La chica más triste del mundo.
(esto va antes de que Ann y Jack se conozcan)
Cuando Jim ve a Ann por primera (y quizás última) vez, ella tiene cara de ser la chica más triste del mundo. Canta en un sórdido bar de Barcelona, frecuentado por hombres que pasan de los cuarenta y prestan más atención a sus caderas que a su voz. Sus ojos parecen estar siempre inundados de lágrimas que nunca se derraman y, cuando comienza a tocar Thank God I’m Pretty, de Emilie Autumn, Jim se acerca y espera a que termine para hablar con ella. Ann, sentada en el borde de un escenario que apenas se eleva un metro del suelo, clava sus ojos en los de él durante un instante. Es una especie de amenaza, un “no te acerques a mi”.
No quiere hablar con él. Alarga las notas tanto como le es posible hasta que se le rompe la voz en un sollozo y las lágrimas de sus ojos se desbordan. Pide perdón, deja el micrófono en el centro de aquel escenario tan pequeño que ni siquiera merece ese nombre y se dirige a su camerino. Su camerino es en realidad una habitación de dos metros cuadrados, en la que un espejo y una bombilla solitaria hacen compañía a una escoba y una fregona más sucias que el propio suelo del local. El abrigo rojo de Ann cuelga del pomo de la puerta.
Lágrimas negras, producto de aquel maquillaje que no está acostumbrada a usar, ruedan por sus mejillas, haciendo que su escandaloso llanto resulte todavía más evidente.
Ann no es feliz. Ese lugar le impide serlo. Pero ha tomado una decisión. No volverá jamás.
Aguarda allí unos minutos, llorosa. Entonces se pone el abrigo encima de ese horrible vestido corto de flecos negro y abre la puerta.
“Vamos, valiente” piensa.
Lo primero que ve al abrir la puerta es a Jim. Su cabello rubio y sus ojos oscuros.
- Hola -dice él.- Me llamo Jim.
“Jota, i, eme”. Eso lo piensa pero no lo dice.
- Solamente quería decirte que me has parecido una excelente cantante y quería felicitarte. Yo también soy músico.
- ¿Ah, sí? -dice Ann, fingiendo un interés que no posee al tiempo que agradece sus palabras con una sonrisa forzada.
- Sí. Toco el triángulo.- dice él. La mira fijamente y sonríe con los ojos.
- Oh. Impresionante.
- ¿Te gustaría… hablar conmigo fuera del local?
- Lo siento. No puedo.
Ann esquiva a Jim y comienza a andar hacia la salida del bar. Se detiene delante de la barra y da dos golpes con los nudillos sobre ella para llamar la atención de un camarero.
- ¿Javier? Dile al jefe que lo siento mucho, pero que dejo el trabajo. Si pone alguna pega, que me llame. Pero que se busque a otra cantante.
Sin dejar tiempo a que su compañero responda, Ann se dirige a la salida. Antes de que logre atravesar la puerta, un hombre de prominente barriga cervecera entra en el local sin apartarse, haciendo que Ann caiga de espaldas. El hombre dice algo así como “Joder, ves con cuidado”. Jim, que ha estado todo el rato detrás de ella, se agacha a recoger algo que ha caído del bolsillo de Ann: una libreta. La abre y comienza a leer ávidamente lo que encuentra en la primera página. Ella se pone en pie con dificultad y se la arranca de las manos.
- No deberías leer anotaciones ajenas sin permiso.
- Solo quería saber tu nombre.
- ¿Y ya lo sabes?
- Un placer, Ann Olivier.
Ella se da la vuelta y comienza a andar deprisa hacia su casa. Se le ha hecho tarde y ha perdido el último metro que pasa. Tiene la esperanza de no volver a ver ese sitio nunca más.
Cuando Jim ve a Ann por primera (y quizás última) vez, ella tiene cara de ser la chica más triste del mundo. Canta en un sórdido bar de Barcelona, frecuentado por hombres que pasan de los cuarenta y prestan más atención a sus caderas que a su voz. Sus ojos parecen estar siempre inundados de lágrimas que nunca se derraman y, cuando comienza a tocar Thank God I’m Pretty, de Emilie Autumn, Jim se acerca y espera a que termine para hablar con ella. Ann, sentada en el borde de un escenario que apenas se eleva un metro del suelo, clava sus ojos en los de él durante un instante. Es una especie de amenaza, un “no te acerques a mi”.
No quiere hablar con él. Alarga las notas tanto como le es posible hasta que se le rompe la voz en un sollozo y las lágrimas de sus ojos se desbordan. Pide perdón, deja el micrófono en el centro de aquel escenario tan pequeño que ni siquiera merece ese nombre y se dirige a su camerino. Su camerino es en realidad una habitación de dos metros cuadrados, en la que un espejo y una bombilla solitaria hacen compañía a una escoba y una fregona más sucias que el propio suelo del local. El abrigo rojo de Ann cuelga del pomo de la puerta.
Lágrimas negras, producto de aquel maquillaje que no está acostumbrada a usar, ruedan por sus mejillas, haciendo que su escandaloso llanto resulte todavía más evidente.
Ann no es feliz. Ese lugar le impide serlo. Pero ha tomado una decisión. No volverá jamás.
Aguarda allí unos minutos, llorosa. Entonces se pone el abrigo encima de ese horrible vestido corto de flecos negro y abre la puerta.
“Vamos, valiente” piensa.
Lo primero que ve al abrir la puerta es a Jim. Su cabello rubio y sus ojos oscuros.
- Hola -dice él.- Me llamo Jim.
“Jota, i, eme”. Eso lo piensa pero no lo dice.
- Solamente quería decirte que me has parecido una excelente cantante y quería felicitarte. Yo también soy músico.
- ¿Ah, sí? -dice Ann, fingiendo un interés que no posee al tiempo que agradece sus palabras con una sonrisa forzada.
- Sí. Toco el triángulo.- dice él. La mira fijamente y sonríe con los ojos.
- Oh. Impresionante.
- ¿Te gustaría… hablar conmigo fuera del local?
- Lo siento. No puedo.
Ann esquiva a Jim y comienza a andar hacia la salida del bar. Se detiene delante de la barra y da dos golpes con los nudillos sobre ella para llamar la atención de un camarero.
- ¿Javier? Dile al jefe que lo siento mucho, pero que dejo el trabajo. Si pone alguna pega, que me llame. Pero que se busque a otra cantante.
Sin dejar tiempo a que su compañero responda, Ann se dirige a la salida. Antes de que logre atravesar la puerta, un hombre de prominente barriga cervecera entra en el local sin apartarse, haciendo que Ann caiga de espaldas. El hombre dice algo así como “Joder, ves con cuidado”. Jim, que ha estado todo el rato detrás de ella, se agacha a recoger algo que ha caído del bolsillo de Ann: una libreta. La abre y comienza a leer ávidamente lo que encuentra en la primera página. Ella se pone en pie con dificultad y se la arranca de las manos.
- No deberías leer anotaciones ajenas sin permiso.
- Solo quería saber tu nombre.
- ¿Y ya lo sabes?
- Un placer, Ann Olivier.
Ella se da la vuelta y comienza a andar deprisa hacia su casa. Se le ha hecho tarde y ha perdido el último metro que pasa. Tiene la esperanza de no volver a ver ese sitio nunca más.
15 de julio de 2010
Entonces, volverás a verme.
Verónica le pide un café al camarero sin mirarle a los ojos. Saca un paquete de tabaco del bolso y enciende un cigarrillo. Da una calada y expulsa el humo despacio. Mira a su alrededor, evitando la mirada de todos los clientes del local. Sin darse cuenta, comienza a tararear muy bajito una canción de Johnny Cash.
La puerta se abre y hace tintinear las campanitas que cuelgan sobre ella. Entra un chico joven de esos que, por su aspecto, sabes que tiene la cabeza llena de pájaros.
Verónica le da otra calada al cigarrillo.
El chico mira a su alrededor y comienza a andar. Se detiene delante de su mesa y, tras unos segundos de silencio, dice, señalando la silla de delante de Verónica:
- ¿Está ocupada?
- No -responde ella, sin alzar la voz.
- Genial-dice él, y se sienta frente a ella.
Verónica no dice nada.
- Me llamo Jim -dice él.-Jota, i, eme.
Y ¡zas!, sonrisa.
- Yo me llamo Verónica. Supongo que no hace falta que te lo deletree.
Silencio. Verónica finge mirar a su alrededor, pero en realidad está mirando a Jim de reojo. Su pelo es rubio y tiene una sonrisa grande, de anuncio de pasta de dientes. Lleva una camisa oscura arremangada hasta los codos. Él la mira fijamente, con descaro.
- Qué quieres tomar. Te invitaré a algo, va.
Verónica le mira y se ríe.
- Debes de haber hecho algo terrible para ser tan amable con una persona a la que no conoces de nada.
- Eso es lo que haces tu? Cuando te sientes mal contigo misma, eres amable con los demás?
- Ahora ya no -dice ella, dándole una calada al cigarrillo.- Pero sí, te hace sentir mejor.
- Entonces, ¿por qué no lo haces?
Verónica suspira.
- ¿Podemos no hablar de mi?
- ¿De qué quieres hablar? ¿Del tiempo que hace hoy, de cine, de política, del camarero que no te quita los ojos de encima?
- Mira, yo…
- ¿Siempre miras a la gente del mismo modo, Verónica? ¿Cómo si estuviesen a punto de morir delante de ti?
El camarero -el que no le quita los ojos de encima a Verónica- se acerca a la mesa con una taza de café en la mano, la deja delante de ella junto con un “aquí tiene, señorita”.
Verónica se bebe el café deprisa, con la mirada baja. Deja la taza en la mesa, junto con las monedas que necesita para pagarlo y se pone en pie sin mirarle.
- Dime que volveré a verte-dice Jim.
- ¿De verdad quieres volver a ver a alguien tan vacío como yo?
Jim la mira y asiente.
- Entonces, volverás a verme.
La puerta se abre y hace tintinear las campanitas que cuelgan sobre ella. Entra un chico joven de esos que, por su aspecto, sabes que tiene la cabeza llena de pájaros.
Verónica le da otra calada al cigarrillo.
El chico mira a su alrededor y comienza a andar. Se detiene delante de su mesa y, tras unos segundos de silencio, dice, señalando la silla de delante de Verónica:
- ¿Está ocupada?
- No -responde ella, sin alzar la voz.
- Genial-dice él, y se sienta frente a ella.
Verónica no dice nada.
- Me llamo Jim -dice él.-Jota, i, eme.
Y ¡zas!, sonrisa.
- Yo me llamo Verónica. Supongo que no hace falta que te lo deletree.
Silencio. Verónica finge mirar a su alrededor, pero en realidad está mirando a Jim de reojo. Su pelo es rubio y tiene una sonrisa grande, de anuncio de pasta de dientes. Lleva una camisa oscura arremangada hasta los codos. Él la mira fijamente, con descaro.
- Qué quieres tomar. Te invitaré a algo, va.
Verónica le mira y se ríe.
- Debes de haber hecho algo terrible para ser tan amable con una persona a la que no conoces de nada.
- Eso es lo que haces tu? Cuando te sientes mal contigo misma, eres amable con los demás?
- Ahora ya no -dice ella, dándole una calada al cigarrillo.- Pero sí, te hace sentir mejor.
- Entonces, ¿por qué no lo haces?
Verónica suspira.
- ¿Podemos no hablar de mi?
- ¿De qué quieres hablar? ¿Del tiempo que hace hoy, de cine, de política, del camarero que no te quita los ojos de encima?
- Mira, yo…
- ¿Siempre miras a la gente del mismo modo, Verónica? ¿Cómo si estuviesen a punto de morir delante de ti?
El camarero -el que no le quita los ojos de encima a Verónica- se acerca a la mesa con una taza de café en la mano, la deja delante de ella junto con un “aquí tiene, señorita”.
Verónica se bebe el café deprisa, con la mirada baja. Deja la taza en la mesa, junto con las monedas que necesita para pagarlo y se pone en pie sin mirarle.
- Dime que volveré a verte-dice Jim.
- ¿De verdad quieres volver a ver a alguien tan vacío como yo?
Jim la mira y asiente.
- Entonces, volverás a verme.
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